Tiempo Universitario


Con motivo de un homenaje en su honor

Algunas palabras para nombrar a un pájaro

Palabras del escritor José Napoleón Oropeza en ocasión del homenaje propiciado por la Fundación para la Cultura de Valencia para celebrar su incorporación como Individuo de Número de la Academia de la Lengua y Miembro Correspondiente de la Real Española, efectuado el 12 de noviembre de 2015, en el Teatro Municipal de Valencia. A esta plausible iniciativa se sumaron con preeminencia instituciones como la Universidad de Carabobo yel Instituto de Previsión Social del Personal Docente e Investigación de la UC (Ipapedi)

José Napoleón Oropeza

Tiempo Universitario
El escritor José Napoleón Oropeza
Fotógrafo: Gema Durán

Hace ya cuarenta y ocho años, el joven que fui, recién llegado a Valencia, decidí proseguir mis estudios de Educación Normal en el Colegio Nuestra Señora del Pilar, situado en la Avenida Soublette. Un día de febrero de 1967, cuando caminaba frente al frontis de nuestro Teatro Municipal, precisamente en compañía de una muchacha que luego sería mi esposa (hoy Gloria Sánchez de Oropeza y madre de mis hijos Sachenka, Pavel y Eluvia) pasó volando frente a nosotros un hermoso pájaro que –seguramente– nos venía siguiendo desde que habíamos salido del aula, una vez concluidas las clases.

Era un mediodía radiante. Exactamente el día 2 de febrero de 1967. Cuando pasamos frente a este hermoso edificio, calle Colombia abajo, como lo hacíamos casi todos los días, hasta llegar a pie a la Urbanización Michelena, nos dimos cuenta que el pájaro nos iba siguiendo. Unas veces nos adelantaba. Otras, el pájaro desaparecía. ¿Nos acompañaría hasta la Michelena? Allí vivíamos. Gloria en la Calle 86 y, quien les habla, en la Calle 87, en el apartamento propiedad de unos tíos.

¿Por qué recordar aquel mediodía en especial si esos paseos formaban parte de nuestra rutina cuando salíamos de clase? Porque ese día sentí (al ver ese bello pájaro que atravesó volando y se detuvo precisamente ante el Foyer del Teatro Municipal de Valencia) que mi vida cambiaría para siempre. El pájaro parecía anunciármelo. Ya le había dicho a Gloria que ese día no caminaríamos juntos hasta la Urbanización Michelena. Nos veríamos, al siguiente día, en el Colegio Nuestra Señora del Pilar. Yo debía quedarme frente a la entrada de la sede del Concejo Municipal a esperar a dos señores que, al ofrecerme trabajar con ellos, se convertirían en mis guías y mentores cuando hube de llegar a esta ciudad.

Tal vez, el pájaro que muchas veces vimos pasar en nuestras caminatas, frente a esa joya emblemática de la arquitectura de la ciudad de Valencia, llamada Teatro Municipal, en la mañana de hoy jueves 12 de noviembre de 2015, ha detenido nuevamente su vuelo frente al Teatro Municipal, representado, en la actualidad, por el presidente de su Junta Directiva, así como también presidente de la Junta Directiva de la Fundación para la Cultura de Valencia, Rubén Darío Nuñez Pino, quien nos invitó, junto a nuestros numerosos amigos y familiares, a celebrar nuestra elección como Individuo de Número de la Academia de la Lengua y Miembro Correspondiente de la Real Española.

El pájaro, tal como relataba antes al contar a ustedes mis caminatas en compañía de Gloria, venía tras de nosotros y se perdería entre los árboles que poblaban la Plaza Bolívar, ha vuelto para unirse –igualmente– a esta reunión motorizada ampliamente por centenares de amigos dilectos, luego de la convocatoria que, inicialmente, realizó, gentilmente, Rubén Darío Nuñez Pino.

Quizá el pájaro había decidido desaparecer y reaparecer, como lo hizo antes, para nacer luego, a lo largo de toda mi existencia, con el nombre de Sachenka, de Pavel, de Eluvia, de Eduardo, de Ruggiero, de Elizabeth, de Salvador Montes de Oca o de Hibrahim; después de anunciarme tras vuelos y futuros revuelos, como lo hizo el 2 de febrero de 1967, que, a las puertas de la sede del Concejo Municipal de Valencia, esperaban por mí, altivos, pero muy sonrientes, Don Alfonso Marín, el eterno, el siempre eterno, Segundo Cronista de la Ciudad de Valencia, y Francisco Morales Urbano, escritor y periodista, ese a quien luego llamaría por su apodo Chun, con el cual era ampliamente conocido. A él le agradaba ser nombrado con aquel sonoro apodo.

En mis caminatas de estudiante, en compañía de Gloria, seguidos siempre por ese hermoso pájaro, luego de despedir a mi amiga de entonces, llamada Gloria para toda la eternidad por ese pájaro (quizá ella entraría de nuevo, como algunas veces lo hacíamos juntos en nuestra travesía hacia la Urbanización Michelena, al Museo de Antropología e Historia que dirigía la siempre inquieta, desgraciadamente ya fallecida, Henriqueta Peñalver Gómez, situado tres cuadras más abajo, por la calle Colombia) ascendí con don Alfonso y con Chun, aquella hermosa escalera que conducía a la planta alta del Edificio del Concejo Municipal de Valencia, hermosa pieza arquitectónica que desapareció bajo la vil picota de una absurda orden burocrática emanada de las altas autoridades municipales de entonces, para dar paso a un vulgar y sucio estacionamiento, con la eterna promesa de levantar allí el Palacio Municipal como parte de una zona de conservación de la memoria histórica de la ciudad de Valencia. Casi enseguida, los habitantes de esta ciudad, vimos caer, demolida con saña y crueldad, la sede del Mercado Municipal, que, igualmente, ha debido ser convertido en un museo, en el Museo de la Historia de la Ciudad de Valencia, tal como se hizo en la ciudad de Coro con su viejo mercado. En su lugar, se levantó un adefesio, remedo de un mundo mayamero, muy kitsch, como también lo sería y lo seguirá siendo, quien sabe hasta cuándo, el llamado Big Low Center de un trasnochado estilo que pretende ser Art Decó.

Aquel mediodía, el joven que fui –este que les habla con cierta nostalgia de los años compartidos con aquellos dos gigantes amantes de la historia, de la cultura y de la conservación de la historia de nuestra ciudad–, ascendió las escaleras del edificio del Concejo Municipal, tímido y a la vez orgulloso de ir acompañado de don Alfonso Marín y de Chun Morales. Esos señores que fueron mis mentores y me formaron como paleógrafo, recién salido de las aulas de los Seminarios de Guanare y de Barquisimeto, donde aprendí, vorazmente, el latín y, luego, paleografía, guiado por Chun Morales, a la luz de las enseñanzas de quien fue su profesora de paleografía: la legendaria e inmortal profesora Dolores Bonet de Sotillo, en la Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela.

En la Oficina del Cronista de la Ciudad de Valencia, guiados por esa alma noble, por ese historiador y gran prosista y estilista de nuestra lengua castellana, llamado (y lo escribo en letras mayúsculas, ALFONSO MARÍN), transcribimos siete volúmenes de las Actas del Cabildo Colonial. Se editaron tres. Debería continuarse esa labor en la nueva oficina del recién designado nuevo cronista de Valencia, profesor José Joaquín Burgos. Una petición que le formulo, públicamente, en nombre de la necesidad de conservar nuestra memoria colonial. Pero, también, como un homenaje a ese gran defensor del acervo histórico de Valencia llamado Alfonso Marín.

Don Alfonso reiteraba siempre en sus diálogos y escritos que a Valencia se entraba traspasando una cualquiera de tres emblemáticas puertas: la Universidad de Carabobo, el Ateneo de Valencia y el diario “El Carabobeño”, único diario existente en la ciudad cuando don Alfonso arribó a ella, a comienzos de los años cuarenta. Una Valencia mucho más reducida, en dimensiones topográficas, pero hermosa, con sus viejos caserones, camorucos y pájaros, como aquella hermosa ave a la cual hice referencia al inicio de este cuento.

Porque todo lo vivido con don Alfonso, en la Oficina del Cronista que los tres: él, Chun y yo fundamos, en compañía de la inolvidable Carmen Josefina Tovar de León, quien fungiría de secretaria, conformó un hermoso sueño, un cuento que alimentaría nuestra alma para siempre. Nuestras experiencias quedaron editadas en los libros a los cuales hice referencia. Pero aquel pájaro que me condujo a la oficina que fundaríamos, retorna, ahora, como un sueño, fundido su nombre en todos los nombres bellos con los cuales hube de nombrarlo, Sachenka, Pavel, Eluvia, Hibrahim, Eduardo, Ruggiero, Elizabeth, Salvador Montes de Oca o quizá Diana, y pareciera reiterar, con el agitar de sus alas, el recuerdo y un llamado a la viva conservación de las tres puertas de las cuales tantas veces nos habló don Alfonso Marín. Siempre lo reiteraba. El pájaro retorna para solicitar lo mismo y trazar, tras su vuelo, el mismo mensaje. Con su canto, nos recuerda que esas puertas debemos defenderlas, hoy más que nunca. Para que siempre constituyan, cada una de ellas, un tema para el sueño creador y cobijo de los pájaros, como de los árboles, de las mentes abiertas para el vuelo, en nombre de la democracia plena y de la plena libertad de todo ciudadano.

Hoy, cuando les hablo de ese inagotable vuelo, tomemos en nuestras manos una aguja: cosamos y coloquemos el énfasis en las palabras que, a los cuatro vientos, exigen que esas tres puertas sean defendidas con coraje, como lo pidió nuestro Libertador Simón Bolívar al General Rafael Urdaneta al solicitar defender con su vida el sitio de Valencia. Defender y rescatar el Ateneo de Valencia, su sede, su proyección nacional e internacional, signa y constituye una tarea prioritaria para quienes amen verdaderamente a esta ciudad. Los pies de los bárbaros no podrán nunca acabar con el vuelo y sueño de los pájaros. Volar bien alto quedó perfilado en el destino del Ateneo de Valencia, desde su fundación, el día 25 de febrero de 1936. Formar entre todos un escudo de defensa de nuestra Universidad de Carabobo y de todas las universidades autónomas del país, cercadas y reducidas en su labor de forjadora de sueños y de libertades, constituye una orden, quizá transmutada de la exigencia de nuestro Libertador Simón Bolívar al General Urdaneta. Asumir la defensa y la supervivencia gloriosa de El Carabobeño, va más allá de un compromiso escrito en algún tímido mensaje. Debe nacer de un juramento. Debemos formar un escudo en torno a estas tres puertas creadoras de sueños y de vida.

Que todos los pájaros, todos los jóvenes, todos los estudiantes, todos los ciudadanos, en nombre de la libertad creadora, nos acompañen en este terco empeño. Que ellos borden los caminos. Que ellos, los miles de profesionales formados en nuestra Alma Máter, continúen tejiendo este sueño, aun cuando hayan egresado ya de las aulas de nuestra Universidad. Estudiantes, de hoy y de siempre, sean ustedes quienes nos señalen esta ruta como hoy lo hizo un pájaro que cambió de nombre, otra vez, y volvió a llamarse Eluvia, Hibrahim, Aurora, Pavel, Salvador Montes de Oca o quizá ahora, quiera llamarse Pez y pasar o entrar en este hermoso Teatro Municipal, donde seguiremos en la tarea de urdir ese gran sueño de romper cadenas y seguir al pez en su senda hacia el mar de sueños. Seamos parte de ese pájaro que ha vuelto a cantarnos en la mañana de este mediodía y de ese pez que, en su cola, en su descenso hacia el mar y en su ascenso hacia los cielos, nos anima a seguir en la lucha cotidiana, cada uno con su nombre y su tarea, en la defensa de estas tres puertas de donde han emanado los sueños de libertad fantástica.

Finalmente, en nombre de mi esposa Gloria, de mis hijos Sachenka, Pavel y Eluvia Laranisse; de mi nieta Daniela Alejandra y de mi madre María La Real González Flores, ya definitivamente, transmutada en luz, debo agradecer a todos ustedes, amigos de toda la vida, por este gesto de ustedes tan noble, reunidos hoy en torno a mi persona, tras la convocatoria de la Fundación para la Cultura de Valencia, y aupado por ustedes, queridos amigos, para celebrar todos juntos mi designación como Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua y Miembro Correspondiente de la Real Española.

Tengan ustedes la seguridad que, bajo juramento y a la memoria de mi mentor y guía de muchos años, Don Alfonso Marín, de cualquier manera, a través de ideas o de proyectos, elevaré a la Academia Venezolana de la Lengua estas preocupaciones; como un homenaje a la Universidad de Carabobo, en cuyas aulas me formé y continuaré formándome todos los días del mundo y como un testimonio del vuelo del pájaro. Se ha detenido frente al Ateneo de Valencia, frente a la sede legítima propiedad de la ciudad de Valencia por toda la eternidad. Detuvo su vuelo para decir así será. Así será.

Gracias. Muchísimas gracias.

José Napoleón Oropeza

Las Eluvias III, amanecer del día lunes 9 de noviembre de 2015.

 

 

Fecha: 23/NOV/2015


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