Tiempo Universitario

| NOTICIAS

En el Paraninfo de la UC

Discurso del Dr. Aníbal Rueda al recibir el título Doctor Honoris Causa

A continuación las palabras que ofreció durante el solemne acto celebrado en presencia del claustro universitario, personalidades, familiares y amigos

Tiempo Universitario

Tiempo Universitario
El doctor Aníbal Rueda fue homenajeado con esta importante distinción ucista
Fotógrafo: Carlos Andrés Pérez
 

Debo comenzar mi intervención, agradeciendo a Dios todopoderoso, mi presencia física en este acto académico, lamentando la ausencia de mi compañera de viaje, en todos los eventos trascendentales de mi vida profesional.

 

Agradecer a la Rectora y al decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas, como a los integrantes del Consejo Universitario y del Consejo de la Facultad, por la materialización de este evento, y por el voto favorable para el otorgamiento del Doctorado Honoris Causa.

 

Hoy el claustro nos convoca nuevamente, tan igual como en sus inicios medievales, llamaba a la comunidad universitaria para centrar debates, censuras, elogios y también la sepultura. Durante muchos años, este paraninfo ha sido testigo no sólo de grados y distinciones, sino también, de esfuerzos, debates, celebraciones y desilusiones. Nos ha correspondido ocupar varias responsabilidades de nuestra querida Universidad de Carabobo, desde ejercer la grata labor profesoral hasta ser el timonel de nuestra alma mater en tiempos de retos y de concepciones de "estado". Pero jamás nos imaginamos estar en este podio, agradeciendo la gran deferencia de recibir el Doctorado Honoris Causa. Por este hecho, haré el esfuerzo comenzando con la advertencia del escritor y abogado romano Aulo Gelio, famoso por ser el único que recuperó en su obra la ley de las XII tablas:

 

"(...) dicen los sabios que la lengua no debe agitarse al azar y sin regla; sino sujetarse con fuerte lazo al pensamiento, y no servir más que para obedecerle (...)"

 

        Hecha esta advertencia, quiero que mi discurso responda necesariamente del agradecimiento humano, pues, no es fácil llevar el más elevado de los reconocimientos: el Doctorado Honoris Causa. La Universidad de Carabobo ha sido no sólo un centro de estudios superiores para la región, Venezuela y el mundo; sino, que ha sido el espacio donde se ilustran sus hijos en el reto permanente de hacer ciencia y conciencia en esta porción del atlas.

 

Cuando se otorga un Doctorado Honoris Causa, a diferencia de cuando el otorgamiento de un título de doctor, que es la fase final que testimonia el cumplimiento de las exigencias científicas y académicas de un determinado nivel de educación superior, se produce un acto, diferente a este último acto administrativo, éste es más bien un “acto moral”, cuya finalidad es honrar a quien lo recibe, en nombre de la universidad, y para honrar a la universidad con el nombre del recipiendario, quien pasa formar parte del cuadro de honor de la misma.

 

Aníbal Rueda siente en lo más intimo de su ser sensible, la honrosa distinción que hoy se le otorga, y como siempre, le pide a Dios, la voluntad y el temple necesario para corresponder, tanto en el lapso terrenal que le queda, como en su memoria, todo a través de una conducta presente forjada hacia el futuro de mis generaciones venideras.

 

El agradecimiento es el gesto humano de más puro contenido. Agradece el recién nacido cuando grita a todo gañote al hacerse presente; agradece también el malagradecido por existir otros seres que lo agradaron.

 

Tuve que abandonar la escuela, para poderla formar, decir adiós temporalmente a mis diarias labores, lo que me permitiría una formación nocturna, con escasos años de edad, y la consecución de un certificado de suficiencia que me hacia apto para enseñar… enseñar a las mentes vírgenes de mi pueblo, enseñar a escribir: “ala.., pala.., papá…,” no sé todavía, si por inclinación o por vocación, o por necesidad, o por deseo de subsistir. Tomé de las manos el camino de la enseñanza. Después de este largo pero no menos dificultoso trecho, hoy recibo generosamente, de una universidad, el titulo más preciado de cualquier universitario, el que alguna vez soñé como una posibilidad, el que todavía no alcanzo a entender si me lo merezco o no.

 

Egresado de la Universidad Central de Venezuela, el 30 de agosto de 1958, inició la docencia universitaria en esta casa de estudios, el 3 de setiembre de 1958, con cinco horas de docencia semanales.

 

Durante la administración del doctor Humberto Giugni, fui escogido para integrar el bloque de siete docentes para cursar estudios en el extranjero. A mi regreso, septiembre de 1962, fui designado director de la Escuela de Derecho, donde permanecí hasta 1968, oportunidad en que fui electo vicerrector, y en 1972, electo Rector, hasta 1976, escogido por el Congreso de la República para integrar el Consejo Nacional de Universidades.

En fecha 27 de junio de 1962, culminé los estudios superiores del doctorado en derecho, en la Universidad de Madrid.

 

Obtuve el título de doctor en Derecho en esta universidad, en fecha 14 de agosto de 1963, registrado con el número 1 en el libro correspondiente.

 

El 6 de diciembre de 1997, recibí el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Rómulo Gallegos.

 

En el día de hoy, recibo, agradecido eternamente el título de Doctor Honoris Causa, razón de la celebración de este acto académico, siendo el tercer ex rector en recibirlo, después del rector Humberto Giugni y del rector Luis Azcunes.

 

A los sesenta años de docencia universitaria (Carabobo, Central, Santa María, Rómulo Gallegos, Arturo Michelena), siento la satisfacción de haber servido a mi país como promotor de alfabetización, maestro de primaria y de secundaria, en el Instituto de Comercio Fermín Toro y en el Colegio La Salle de Valencia y Caracas.

 

El orgullo de haber apadrinado 31 promociones de abogados, la primera de Enfermería de carabobo, dos de Contabilidad del Núcleo La Morita, dos del liceo Pedro Gual, donde me forme como bachiller, dos del Colegio La Salle, dos de la Escuela Normal, con sede en La Manguita, así como el haber sido docente en la Facultad de Ingeniería del programa legislación para ingenieros, cátedra creada por mí, fundador del Colegio Alemán La Esperanza, y profesor de la Escuela Militar y de Aviación, en Matemáticas y Legislación Aeronáutica.

 

Desde mi juventud me incliné por la docencia, y me prometí llegar a ser rector, y pude lograrlo, previo a mi paso por la Dirección de Escuela, Vicerrectorado, cumpliendo mi objetivo en el año 1976.

 

Nunca pensé en el ejercicio de la judicatura, consideraba, hoy no lo concibo, que el cargo de mayor jerarquía para un abogado era el de procurador general de la República, lo procuré y no tuve éxito, ni tampoco lo concibo así, en este momento.

 

En mayo de 1979, por exigencia de mi gran amigo, Luis Herrera Campins, acepté, por seis meses, el cargo de juez superior primero (juez rector) del estado Carabobo, en la jurisdicción civil, mercantil, tránsito, trabajo y menores, seis meses que se convirtieron en dos años y medio, y por requerimiento del doctor Rene de Sola, y la aprobación de la Sala Político Admnistrativa de la Corte Suprema de Justicia, acepte el cargo de magistrado de la Corte Primera de lo Contencioso Administrativo, conjuntamente con Román José Duque Corredor, Hildegar Rondón de Sansó, Armida Quintana Matos y Pedro Miguel Reyes, ocupando la presidencia de ese organismo, y fue designado por el Congreso de la República, suplente de la Sala Político Administrativa.

 

Transcurridos dos años y medio, la corte en pleno me convoca para suplir la falta absoluta de la Sala de Casación Civil, por un lapso de cinco años. Culminado el período, en 1989, el congreso me designa por un período de nueve años en la misma sala, en la que sirvo a la Corte hasta agosto de 1999, donde me retiro como presidente de la misma. Veinte años de aprendizaje que compartía con la docencia universitaria, en pregrado, especialización, maestría y doctorado, que mas podía pedirle a Dios, por eso la razón de mis primeras palabras de este relato.

 

Concentrarme en la preparación de este discurso académico, me ha resultado altamente difícil. Pensar me conduce al recuerdo de la pérdida reciente de dos seres queridos, mi hija y mi esposa, supero la situación, encaminado hacia la meta deseada, debo interrumpir para forjar una estrategia en la consecución de alimentos, su posible sustitución, pero el desvío se acentúa cuando debo pensar en la búsqueda de un medicamento, sin posibilidad de sustituirlo, si lo logro, por encima de la academia está mi condición de abogado constitucionalista, y necesariamente me coloco en la posición de toda mi vida, estudiantil y profesional, de defensor del estado de derecho, su vulneración me impide avanzar intelectualmente, por no encontrar el sendereo certero para lograr su restablecimiento, por ello, ofrezco mis disculpas, convencido de que me entenderán.

 

El escenario es el menos apropiado para pronunciar palabras de agradecimiento y de alegría. En el tránsito para llegar a él, hemos compartido la miseria humana, hurgando junto con los animales, las sobras, también escasas de las bolsas de basura. Entrar a la universidad o a un recinto adoptado, nos llenaba de paz espiritual y de esperanza de futuro. En mi caso, los años que impartí la docencia en la vieja casona, encontraba rostros juveniles, sonrientes y esperanzadores. profesores y estudiantes sentíamos la presencia de un futuro cierto y digno. En este instante siento la presencia de muchos, solo me referiré a los presentes en este acto o a sus ascendientes, no puedo evitarlo, porque forman parte de mi existencia.

Las clases se iniciaban a las siete de la mañana, se permitía un retardo prudencial, a la media hora de su programación se estampaba un sello de inasistencia al profesor, y esa relación era conocida por el Consejo de la Facultad y el Consejo Universitario.

 

Los exámenes finales eran de naturaleza oral, y solo por causas debidamente razonadas y aceptadas por el Consejo de Facultad, se permitía su realización, en forma escrita.

 

Los días hábiles eran de lunes a sábado, y culminaban hasta el viernes a las 7 u ocho de la noche, salvo en época de exámenes, hasta las doce de la noche. Los sábados hasta las doce del mediodía, salvo la excepción de examen final.

 

En la década del 50 vivimos un ambiente de completa armonía, en la del sesenta, con el surgimiento de los movimientos subversivos, hubo de atenderse a este nuevo esquema político, sin desmejorar el nivel académico, rara vez se suspendían clases y en ninguna oportunidad fue violentada la autonomía de la universidad, en momentos muy críticos, nuestro paraninfo sirvió de morada para los dirigentes estudiantiles hasta tanto se negociara con los organismos de seguridad, la salida de los dirigentes.

 

Debo revelar, porque es parte de nuestra Facultad de Derecho, los inconvenientes de padres que interrumpían la actividad normal, penetraban el salón de clases y amonestaban y amenazaban a su representado por las inasistencias o bajo rendimiento estudiantil o por repetición de un curso. Este malestar, por cierto, muy beneficioso, se originó, porque mensualmente se les hacía llegar esa relación a los domicilios de los representantes de menores de 18 años.

 

La imagen de Miguel José Sanz, símbolo patrio de nuestra facultad, erigida en la plaza, se rodeaba de hermosas estudiantes y conformaba un espectáculo digno de disfrutarlo, era el paisaje más hermoso que dios nos deparó.

 

Seis décadas de vida institucional y el sentido de hombre de "estado"

  1. Debo así dar mi palabra de agradecimiento a quienes han seguido nuestra trayectoria, forjada desde las postrimerías de aquel año 1958 que tantas promesas trajo consigo para el estado Carabobo y el centro del país. Nacía la democracia con su juventud para guiarla hacia mejores tiempos que los heredados de medio siglo de dictadura militar. Un fervor por transformarnos en una Venezuela emergente, capaz de llegar al primer mundo, nos motivó a los que éramos jóvenes para bregar nuevos destinos. Soñamos y dimos nuestros desvelos en edificar una nación sólida, educada, con mejoras materiales y también cívicas, que dejara atrás esa cosmovisión castrense impuesta por el gomecismo. Esta utopía nos llevó necesariamente a entender, desde la juventud, que debíamos ponernos por encima de nuestras realidades y ambiciones, propias de quienes no sólo estábamos construyendo un proyecto profesional personal. Debíamos sacrificar sueños para edificar el gran sueño que era la Venezuela democrática.

 

  1. De esta forma, elegimos el servicio público, como principio rector de nuestra conducta académica y profesional en los últimos 60 años. Seis décadas de vida institucional que servirían para sembrar proyectos, sueños, ideales y también realidades. Mi hoja de servicio se la he dedicado íntegramente a las instituciones públicas, así como a universidades privadas pero apegadas a las funciones educativas de más elevada calidad. El servicio al país, a Carabobo y a la comunidad valenciana donde hemos sembrado nuestro hogar, nos ha obligado muchas veces a la renuncia de metas que a la larga, como bien lo expresara el libertador simón bolívar, trae más recompensas que ninguna riqueza puede comprar.

 

La academia carabobeña como moldes para la fragua de profesionales y sueños de modernidad

  1. Es muy difícil compendiar sesenta años de vida profesional, académica y de servidor público en los pocos espacios que pueden ofrecer varios folios de un discurso.   Vienen a mi memoria en este momento, 12 lustros cargados de anécdotas, gratos momentos, realizaciones, vivencias; pero, también de derrotas, frustraciones y alguna que otra desilusión. Como lo versa el poeta Antonio Machado:

 

todo pasa y todo queda,

pero lo nuestro es pasar,

pasar haciendo caminos,

caminos sobre la mar2.

 

Ese pasar y quedar comenzó acá, en mi alma mater carabobensis. Inició en el silencio de la rutilante refundación de la uc en 1958, cuando decidimos colaborar con el proyecto educativo de una Facultad de Derecho para el interior. Estos espacios del claustro se hicieron infinitos, se levantaron para superar el tremedal de la barbarie que durante siglos se había apoderado de nuestra geografía. Nacía la democracia y con ella requería que las nuevas generaciones se formaran en nuevos cánones, cercanos a los ya existentes en las más renombradas universidades europeas y norteamericanas. Así, comencé en las aulas, y a pesar de mi edad y haber cumplido con muchas misiones, sigo y seguiré en ellas en la más noble de las funciones que he ejercido en el entramado del estado: enseñar y ser docente universitario a tiempo completo.

 

  1. La década de los sesenta y setenta del siglo XX me obligaron a tomar, desde muy joven, responsabilidades en la gerencia educativa carabobeña. Iniciamos la faena como directores de escuela, en una Venezuela que apenas el 50% de su población era alfabeta. Lidiamos con las carencias propias de ese entonces, pero que en vez de amilanarnos nos motivaban para mejorar y llegar más lejos. Fueron tiempos convulsos donde si bien es cierto éramos una sociedad emergente, capaz de alcanzar la modernidad; nos asechaba el peligro de la subversión armada propia alentada por las revoluciones caribeñas foráneas. Fuimos testigos de dos hitos que marcarían la universidad venezolana. El primero, y este año se cumple medio siglo, fue el mayo francés del 68. asumíamos en este entonces el vicerrectorado académico, y quisimos buscar una renovación en los pensum de estudio sin caer en la estridencia de quienes pensando que el "prohibido prohibir" era la llave para abrir y cerrar utopías y realizaciones, nos obligó a sortear dificultades sin hacerle concesiones a quienes eran reaccionarios pero tampoco arrodillándonos ante el encandilamiento de lo novedoso. costó mucho asumir un equilibrio sin imponerlo, frente a una comunidad universitaria sedienta de nuevos saberes.

 

El segundo reto significó ir adecuando al estudiantado y profesorado dentro de estándares democráticos cada vez más exigentes, así como, preparar técnicos que lograran mantener estándares de funcionamiento así ocurrieran cambios políticos. El país político comenzaba a mostrar señales de madurez institucional. En ese año 1968, nos correspondió presenciar el primer cambio de gobierno realizado en la historia republicana de Venezuela desde el sufragio. La oposición asumía el poder político y viceversa. El partido hasta ese momento gobernante se sentaba en los curules de la oposición sin trauma alguno esto implicó que se diseñara dos ejes de gobierno universitario garante de la pluralidad ideológica que debe obligatoriamente converger en una universidad. Esos ejes fueron: desconcentrar las funciones académicas y adentrarse en el mundo de las publicaciones.

 

  1. Años más tarde, asumimos el rectorado de la UC con la esperanza de potenciarla como casa de estudios referente en Venezuela. Eran tiempos que pudieran considerarse como de "bonanza" económica, que ante ese panorama nos podíamos haber quedado en el quietismo de la renta. Pero no fue así. Quisimos ampliar nuestros horizontes, adquirir equipos, modernizar los laboratorios, diversificar las facultades y escuelas, así como, darle impulso a la capacidad de imprenta de la universidad. Fueron cuatro años de tesón que no necesito recordarlo, puesto que, cada muro de este paraninfo ha sido testigo histórico de nuestras directivas y resoluciones siempre en pro de esta casa grande que es nuestra universidad de Carabobo.

 

De nuevo al llamado público.

  1. Terminado el período de rector, como todo momento vital, uno retoma viejos proyectos y sueños. Soy abogado, y como tal siempre he tenido un código de conducta que me obliga a estar siempre en contacto con el foro, con las actualizaciones forenses, con el debate propio de los tribunales. Queríamos retornar al ejercicio profesional de la abogacía, que si bien ya lo había hecho desde la esfera pública, al ocupar el digno cargo de síndico-municipal de los entonces distritos Guacara y Montalbán. También quise adentrarme en la hermosa visión social del derecho agrario naciente, al estar en varios cargos dentro del Instituto Agrario Nacional (IAN), instrumento creado con el sueño de la reforma agraria que en 1960 veía materializar un viejo ideario de modernización del mundo campesino. En esos años, quisimos dejar en los cientos de dictámenes y documentos, un proceso de cambio de mentalidad, de ayudar al más necesitado que en ese tiempo llevaba por mote neolingüístico de "débil jurídico".

 

  1. El rectorado culmina para mí por estricto cumplimiento de las reglas democráticas que imponen un período de cuatro años al frente de tan sensible cargo, más no culminó ni culminará jamás la labor docente. A principios de 1977 nos designa el entonces presidente de la República (Carlos Andres Pérez), gobernador del estado Aragua. En el estado limítrofe me siguió guiando los principios rectores de mi vida: servir, escuchar y resolver problemas. Se pone en marcha en ese entonces el sistema de acueductos metropolitanos pao-cachinche, que surtiría y todavía lo hace, el eje Maracay-Santa Clara-Mariara-San Joaquín-Guacara-Valencia. Se hicieron obras de infraestructura, sobre todo, en los sectores más populares de Maracay, La Victoria, Villa de Cura, el Consejo y otros centros poblados de Aragua.

 

El poder judicial y su majestad como columna vertebral del republicanismo y la democracia

  1. Corría 1979 cuando por las dinámicas propias de la democracia, hubo un cambio de gobierno producto del sufragio. Nos correspondió pasar de nuevo al ejercicio privado de la abogacía, siempre, cumpliendo nuestras funciones docentes en la Universidad de Carabobo. En ese año ingresamos a lo que sería otra de nuestras fuentes de preocupación y desvelo: el Poder Judicial. Desde que nos graduamos habíamos entendido que una democracia sin tribunales técnicos estaba condenada al naufragio. El poder judicial más allá de su clásica función de juzgar, está llamado para servir y vigilar que las delicadas fronteras que separan la democracia de la barbarie no sean trasgredidas ni mucho menos vulneradas por quienes usando en vano el nombre del "pueblo venezolano", terminan por manipular los mecanismos jurisdiccionales y así alimentar las más insospechadas cuestiones políticas o personales.

 

        Ser juez en cualquiera de sus grados implica reconocer -como afirma Bachof- que el sentenciador es una persona que está vinculada a prejuicios propios de su origen social y político, de sus conceptos de política o su visión de mundo3; sin dejarse atrapar por ese mismo mundo de donde proviene. Es un delicado equilibro el que debe atravesar el juez para lograr el ideal del estado de derecho: la imparcialidad a toda costa.

 

  1. La divina providencia nos colocó en el privilegio de estar al frente de juzgados de municipio, primera instancia y superiores en el estado Carabobo. También ejercimos funciones en la recién estrenada corte primero de lo contencioso-administrativo, cerrando nuestra hoja de servicios judiciales como magistrado de la sala de casación civil de la entonces corte suprema de justicia. Fueron 20 años de carrera en el poder judicial que culmina precisamente cuando en 1999 comienzan nuevos gobernantes a imponer conductas alejadas del ideal democrático conseguido arduamente en 1958. En el poder judicial adquirimos las dimensiones faltantes del servicio. Luchamos en todo momento por ser hombres de estado, que, sacrificaban sueños personales para estar al servicio del colectivo y fomentar la responsabilidad ciudadana.

 

De esta manera, el poder judicial lo concebimos como el más sensible de los tres poderes dentro de la teoría de Montesquieu, buscando que los fallos suscritos por nosotros no sólo se encargaran de resolver el thema decidendum o las incontables pretensiones procesales de los justiciables. hicimos el esfuerzo porque las sentencias fueran a su vez instrumentos de pedagogía institucional, buscando consolidar aquellos criterios jurisprudenciales que facilitaron y facilitarían el hacer justicia. Luchamos también para evitar que el derecho creado o aplicado desde los tribunales y las altas cortes estuvieran al servicio de una ideología o de una moral determinada como lamentablemente hoy es innegable al leerse cualquier sentencia del tribunal supremo de justicia, y más específicamente, de su sala constitucional. Inclinar la balanza del pretorio para hacer política o ideologización, lo entendíamos, al igual que González Navarro, como una forma de subvertir el derecho mismo4, en fin, una manera de instaurar la arbitrariedad.

 

        El punto más delicado del servicio al poder judicial lo tuvimos que afrontar en 1993, cuando, en medio de los mecanismos constitucionales de la carta magna de 1961, nos correspondió estar en el antejuicio de mérito para la destitución del presidente Carlos Andrés Pérez. Fue una prueba para las garantías institucionales de la democracia venezolana, que un año atrás, se vio peligrosamente asaltada por asonadas militares y tentaciones populistas sin hablar de la demagogia de algunos actores políticos y sociales de ese entonces. La Corte Suprema de Justicia, presionada por todos lados no dejó en un solo momento su mirada puesta en la constitución y las leyes. Y así, se procedió a enjuiciar por primera vez en nuestra historia como nación, a un jefe de estado en funciones.

 

  1. Llega la Constituyente de 1999 y con ella el nuevo texto constitucional. Ese nuevo estado, nueva política terminaría por cercenar los últimos vestigios institucionales en el poder judicial. Presentamos nuestra jubilación, tras dos décadas de servicio tribunalicio, como una manera de manifestar las patologías del control político sobre el poder judicial instaurados desde la mismísima Asamblea Nacional Constituyente de 1999. Bajo eufemismos como "depuración del poder judicial" o "cruzada de moralización judicial", se creó un híbrido robespierano denominado "comisión judicial de reestructuración del poder judicial" donde el fallecido presidente Chávez se encargaba de sacar y disponer de los cargos del poder judicial. Ante esta arremetida, la desconocimos inmediatamente, presentando nuestras renuncias ante el pleno de la corte suprema de justicia. Ese artilugio del antiderecho como fue el decreto de emergencia judicial de la ANC de 1999, sería la puerta para el lamentable estado del poder judicial hoy: desasistido, sin estabilidad, sin incentivos salariales justos y sin la debida independencia.

De nuevo en la docencia e investigación a tiempo completo: regresar a los inicios

  1. La jubilación nunca representó para mi generación el decir adiós a las responsabilidades de estado. Al contrario, significó el ingreso a una nueva etapa donde es necesario saber analizar la realidad y tamizarla con la experiencia acumulada de décadas de trabajo. Para ello, jamás dejé de enseñar en las aulas de la UC, ni siquiera en los tiempos donde las exigencias de la corte suprema de justicia me obligaban a su dedicación exclusiva.

 

  1. Una nueva forma de ejercer la docencia e investigación fue precisamente analizando el acontecer tribunalicio y jurídico surgido de la Constitución de 1999. El texto constitucional imponía grandes interrogantes, al saber las formas en que quienes han gobernado conciben una noción turbia y manipulable del derecho. Así, coordinamos los equipos para poner en práctica la primera especialización en derecho constitucional que se dictara en Venezuela, y fue en el lapso cuando tuvimos que llevar las riendas de los postgrados en derecho de la Universidad Arturo Michelena. Con el mismo tesón educativo que nos ha guiado desde 1948, nos propusimos innovar, dar pasos adelante a los acontecimientos y formar profesionales inquietos en temas constitucionales. El resultado, una década después, fue la formación de cientos de especialistas en áreas de Derecho público que siguen denunciando los graves peligros del manejo arbitrario del estado venezolano.

 

        También en este tiempo me reencuentra con las aulas donde comencé a estudiar derecho en 1953, específicamente, en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Central de Venezuela. Allí descubrimos nuevamente el valor que implica formar doctores, hombres y mujeres de ciencias.

 

Culmino mi intervención, agradeciendo la presencia de mi difunta madre Luisa Herminia Rueda de Pérez; mi difunta hija, Rosaluisa Rueda de Román, y mi fallecida esposa Carmen Coronel de Rueda, quienes me acompañan desde el cielo, y así como a mis compañeros del claustro universitario y a las autoridades que presidieron este acto, a los invitados al mismo, y a los medios de comunicación social y particularmente a mis colegas abogados.

 

 

Fecha: 22/JUN/2018