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Nació un día como hoy en 1917

Braulio Salazar: 100 años del cronista plástico de Valencia

"Pinto las cosas, no como ellas son sino como las veo. Siempre quise ser yo mismo", reveló Braulio Salazar, a quien llegaron a llamar "Michelenita" por haber nacido en la misma ciudad aunque en otra época, pero se encargó de honrar a sus orígenes y supo superarse como pintor y muralista hasta convertirse en maestro de maestros

Daniela Chirinos

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Braulio Salazar desde muy joven se planteó pintar a Valencia, sus paisajes, costumbres y su gente
Fotógrafo: Oswaldo Vigas. Tomada del libro "Braulio Salazar" de Juan Calzadilla
 

En 1917, el país entero vivía sometido a una nefanda dictadura, durante la cual el arte se mantuvo estancado, sin apoyo institucional. Fuera de Caracas, las ciudades carecían de instrumentos para el progreso artístico y los centros de enseñanza brillaban por su ausencia. Los artistas de la provincia se veían en el caso de emigrar o perecer. Pero en Valencia, que había sido cuna de grandes artistas de la talla de Arturo Michelena, ese mismo año nació un hombre que se propuso romper esos paradigmas para convertirse en cronista plástico de esa ciudad: Braulio Salazar.

 

El maestro Juan Calzadilla dibuja ese contexto en el libro Braulio Salazar (1985), que publicó para conmemorar el 50 aniversario de la primera exposición del artista valenciano, instalada en una en una heladería local. “Este evento memorable marcó el comienzo de la carrera de quien, pasado el tiempo, llegaría a convertirse en uno de los creadores más representativos de nuestra pintura figurativa”.

 

Desde muy joven se planteó que, ante la falta de maestros, debía orientar su voluntad al autoaprendizaje. Se valió de dos fuentes formativas muy valiosas: la naturaleza, a la que estaba acostumbrado a observar con afán contemplativo desde muy niño; y las obras de Herrera Toro y el propio Michelena, cuyas pinturas comenzó a ver desde los 11 años de edad, en la casa de su padrino Tulio Malpica, quien tenía en su colección La entrada de Bolívar a Caracas (1813).

 

Braulio Salazar no se desligó de la corriente que predominaba en la pintura venezolana en esa época. Mientras desarrollaba su primera etapa pictórica (1934-1944) frecuentó a los maestros de la Escuela de Caracas, se hizo amigo de Leopoldo La Madriz, pero –hay que insistir- su formación fue de autoapredizaje.

 

"Pinto las cosas, no como ellas son sino como las veo. Siempre quise ser yo mismo", reveló Braulio Salazar en cierta ocasión y lo logró desarrollando, en esencia, cuatro períodos, de acuerdo a lo descrito por Calzadilla, en los que van ocurriendo cambios temáticos y técnicos en su obra. Sin embargo, su amada Valencia, sus paisajes y su gente, los mantuvo siempre presentes en su creación, con lo cual forjó parte de su identidad como artista y maestro.

 

La Universidad de Carabobo sigue honrando al memoria de este insigne artista plástico valenciano, formador de maestros y laureado hasta en los ámbitos internacionales más respetados como en 1980 circuló la Estampilla de las Naciones Unidas”, premio Unicef otorgado a Braulio Salazar por su obra Ritmos maternales.

 

Par de años después, el pintor confesó: "Siempre he creído que mi pintura está cerca de la poesía, es decir, que por inclinación natural de mi sensibilidad tiende a identificarse con cierta celebración poética del mundo", lo dijo a Eugenio Montejo a propósito de la inauguración de una exposición en la Galería Universitaria de Valencia, la misma a la que hoy lleva su nombre: Braulio Salazar.

 

 

Epatas de la obra de Braulio Salazar

 

A su primer período Calzadilla lo llama formativo (1928-1947), que incluye retratos, escenas interiores y religiosas, y natiralismo. Desde entonces se apoderó del paisaje valenciano, el río Cabriales y sus bañistas, su madre, personalidades de la valencianidad como los doctores Rafael Guerra Méndez y Ricardo Guadalacu, hasta un Boceto para el entierro de Cristo los plasmó en sus lienzos. La más antigua de las obras de esa etapa es el autorretrato en gouache de 1934.

 

A César Rengifo y a Héctor Poleo los conoció en 1941, ambos representantes de la pintura impresionista. Pero el valenciano sigo su propio rumbo. No copió a los maestros ni a las obras clásicas. La vela del alma (1940) da muestra de su técnica en ese entonces y con el tiempo confesaría que no pintó esa impactante obra impregnado de sentimiento religioso, “sino para estudias la luz en el rostro de las personas”. Así era Braulio, afanado, meticuloso.

 

En 1947 viaja a México para estudiar muralismo (y vitralismo). “Para Braulio este fue un reto necesario y urgente. Su obra no alcanzaba aún una definición formal de categoría a causa de la estrechez del medio en que se desarrollaba su estética”, comenta Calzadilla. En esa primera experiencia fuera de Venezuela, también tuvo una breve estancia en EE.UU. A su regreso al país pone en práctica lo aprendido como la fachada del edificio de la Cámara de Comercio de Valencia (1957),

 

Hay que decirlo. Braulio Salazar también desarrollo el realismo social (1947-1958) en la que se inscriben obras galardonadas como La ventana (1975), ganadora del Premio Pérez Mujica del Salón Arturo Michelena; y paralelamente practicó el postcubista con tendencia al análisis de la figura humana; a este le siguió su período sintético o expresionismo lírico –como lo define Calzadilla- en el que produjo una extensa obra que abarca más de dos décadas (1960 -1985).

 

Su estudio pictórico lo cerró con el informalismo o como el propio Braulio Salazar lo describía “fragmentos aumentados del paisaje”, que incluye marinas de Chichiriviche, el infaltable río Cabriales, paisajes de Bejuma, las chemiceras y más. No obstante, se encargó de dejar claro que “soy, he sido y seguiré siendo un pintor figurativo. Siempre creí en la pintura figurativa porque está más cerca del hombre”.

 

 

Maestro de maestros

 

Braulio Salazar estuvo en País, Roma y otras grandes urbes conociendo, aprendiendo, no olvidó su otra vocación: Enseñar. "Una de las cosas más importantes de la educación no es enseñar que dos y dos son cuatro, sino la forma cómo se transmite ese conocimiento (…) lo principal de la enseñanza artística es propiciar que el alumno se enamore de las cosas, del oficio, de la vocación. Lo demás lo encontrará en la realidad diaria, en los libros, todo lo cual forma parte de los hábitos que condicionan la vida del artista".

 

En 1945 comenzó a forjar un taller libre de pintura que devengó en la fundación de la Escuela de Artes Plástica Arturo Michelena en 1948. Hasta 1970 estuvo al frente de esa institución que hoy sigue activa en la misma casa de la calle Libertad entre las avenidas Carabobo y Soublette del casco central de Valencia.

 

Wladimir Zabaleta, Marcastillo, Mauro Mejías, Manuel Mérida, Ángel Ramos Giugni, Cristina Araujo, Rubén Núñez, José Monenegro, Armando Pérez, Elba Pérez Damas, Zerep, Rafael Martínez Zuardo Castillo, Ramón Belisario, René Ugarte, y muchos más, que egresaron de esa escuela. “Cada artista que llega hasta el océano de la creación aprisiona una sola gota –la única- y ésta se vuelve suya, definitivamente”, el maestro estaba convencido.

 

La última década de su vida siguió pintando. Hace par de años, su hijo Leonardo comentó en una entrevista que a pesar de la vaga memoria, pasaba horas en su taller, dejando sus trazos sobre el lienzo. “Usaba muchos amarillos. No terminaba los cuadros y arrancaba otro. Quería producir, producir y producir. Le pedía a mi hermana Alba y a su ayudante Eugenio Romero que le pasara telas y más telas”, recuerda.

 

El maestro Braulio Salazar padecía de alzheimer. El 26 de diciembre de 2008, tres días después de su cumpleaños 91, sucumbió a esta enfermedad y pasó a otro plano, dejando un legado indeleble e ineludible que trasciende a su pintura, de los murales y los vitrales: Su visión como hombre, educador y ciudadano que no se desmarcó de sus orígenes, al contrario los honró a cada paso.

Fecha: 23/DIC/2017