Tiempo Universitario

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Registro de un dibujante y diarista irlandés

El Diario de Robert Ker Porter

Eugenio Montejo nos ofrece una semblanza del cónsul británico Robert Ker Porter, quien realizó labores diplomáticas en Caracas durante la naciente República venezolana. Se trata del recorrido de un inglés del siglo XIX, que retrata en su diario un episodio determinante de nuestra historia

Eugenio Montejo

Tiempo Universitario
Un boceto de Robert Ker Porter, fechado en 1805.
Fotógrafo: Tomada de Wikihistoria del Arte Venezolano
 

Un Diario de mil páginas, formal y minucioso, de indiscutible importancia para nuestra historia por el período observado durante la larga permanencia del diarista de Venezuela, que es la de la etapa fundadora de nuestra República. Un prólogo ameno y perspicaz, escrito para iluminar los procederes de Robert Ker Porter mediante una conveniente distancia que invita a juzgarlo desapasionadamente. Una obra, en fin, que ha sido objeto de un inusual esmero tipográfico, capaz de convertir a la presente en una edición ciertamente modélica. Y junto a ello una traducción competente y fina que debemos a Teodosio Leal. Todo lo antes anotado ­ —a riesgo de parecer hiperbólico— recomienda a este libro, recién editado por la Fundación Polar, entre las obras más preciadas que han aparecido en nuestro país durante estos últimos años.

 

Sir Robert Ker Porter llega al puerto de La Guaira el 28 de noviembre de 1825, como cónsul recién nombrado de Gran Bretaña en Caracas. Si queremos creer que estaba en cierto modo predestinado a relacionarse con nuestra tierra, debemos destacar que el año de su nacimiento, el de 1777, es el mismo año que Venezuela fue designada Capitanía General por el rey Carlos III. Su flamante destino diplomático en el trópico, que adquiere real y simbólicamente un prontuario específico en las anotaciones de su Diario, va a ocupar desde entonces el centro de sus desvelos hasta el final de su vida, casi toda ella consagrada a la rutina consular en Caracas.

 

Nativo de Durham, Irlanda, Porter realizó en Londres estudios de arte en edad temprana. Muy pronto se dio a conocer como pintor y poco más tarde como cronista de viajes por el Lejano Oriente. En San Petersburgo se casó con una princesa rusa, con quien tuvo una hija. De ambas, como de su madre y hermanas que quedaron en Inglaterra, se resignará a tener espaciadas noticias en los demorados navíos de la época. Noticias de su esposa, en verdad, va a recibir durante muy corto tiempo, pues esta fallece un año después del arribo del cónsul a Venezuela, doloroso percance del que solo se entera dos meses más tarde. La meticulosa rutina diplomática absorberá en lo sucesivo todos sus bríos. Son incontables las veces en que anota en su cuaderno, como lo hace el 30 de septiembre de 1840: “Literalmente sentado, pluma en mano, desde las seis de la mañana hasta las nueve de la noche”. Tan estoica disciplina para los informes de su cargo le fortalecen el hábito a la hora de consignar en sus propios apuntes cuanto cree de interés o de resalte. La distorsión profesional, sin embargo, lo lleva a preferir los acontecimientos oficiales, los personajes, ceremonias, etc., antes que los detalles de la vida común, la vida con frecuencia inobservada. Este rasgo, aunado a su natural reserva, quizá empobrezca el valor de su Diario en tanto que documento de la intimidad, pero lo acrecienta en incalculable medida como documento histórico.

 

Por ejemplo, su relación de la venida del Libertador a Caracas, en enero de 1827, y la prosecución de los actos durante los siguientes días, son objeto de extensas y pormenorizadas entradas en este Diario. Tal atención a la reseña de los acontecimientos no puede atribuirse sino a un aguzado sentido del momento histórico, es decir, a quien observa y a la vez, quizá imaginariamente, se observa a sí mismo tal como otros podrán leerlo muchas décadas más tarde. Los resúmenes que deja de los hechos se benefician de la espontaneidad y de la ausencia de premura, algo que en nuestros días sólo cabría esperar de periodistas expertos y, además, que fueren tan afortunados como él para visitar al Libertador y conversar con este muchas veces seguidas durante horas, mientras le hace un pequeño retrato.

 

No faltan, es verdad, los prejuicios racionales acerca de los nativos, de las turbas que se cuelgan de las ventanas de la casa de Bolívar “como si fueran monos”, prejuicios que se mezclan con el temor de un alzamiento en contra de la élite dominante. Los prejuicios ceden, sin embargo, al enterarse de que dos hijos de Páez han sido expulsados de la Academia de West Point debido al tinte de su piel. No en vano las “nociones raciales” de Porter reciben una consideración particular en el notable prólogo de Malcom Deas. Sobra decir que no son prejuicios solo suyos, como sabemos, sino bastante comunes en la sociedad de su tiempo. Pero en tanto que hombre de vocación artística, en tanto que pintor aunque fuere de modestos méritos, estaba en deuda de comprensión al admitirlos tan simplemente. Su camino, tal vez, ha debido ser el opuesto: el de acoger en sus bocetos y cuadros las imágenes de ese pueblo bajo y variopinto, tal como en sus faenas diarias lo va a retratar pocos años más tarde el joven Camille Pisarro... Por lo demás, como recuerda Deas, “Porter no fue republicano ni demócrata”, conceptos ambos que en la Europa de su tiempo contaban con muy escaso predicamento. Los prejuicios que Porter consigna en este Diario, así como su frecuente desprecio de los norteamericanos, es necesario decirlo, conviven en él con los sentimientos de un hombre recto y bueno, deseoso de servir y de examinar cotidianamente la rectitud de sus procederes. “Sir Robert the good”, lo llamó su paisano O´Leary.

 

La admiración que al principio siente por el Libertador, con los años, tras la muerte del héroe y la disolución de la Gran Colombia va a sentirla, quizá en mayor medida, por José Antonio Páez, cuyo trato y amistad tiene más tiempo de cultivar, y de quien pinta también un complaciente retrato. Páez logra, además, que el experto viajero y cronista de viajes que es Porter salga al menos por una vez de Caracas, cuando lo invita a su hato en Apure. Durante más de tres lustros en Venezuela no sintió curiosidad de visitar otro lugar de nuestra geografía que el eje Caracas-La Guaira, puntos obligantes de sus deberes consulares.

 

“Ningún hombre —anota Malcom Deas en su prólogo— escribe un diario durante quince años sin revelar su carácter, no importa cuál sea su propósito al escribirlo”. Y añade acerca del cónsul que era “bastante autosuficiente, por lo general equilibrado, aunque utilizara sus anotaciones con frecuencia como válvula de escape para desahogarse. Talentoso, incierto de vocación, un poco snob. Sus afectos están dirigidos más a su madre y hermanas que a su esposa e hija”. El retrato que hace Deas es mucho más extenso y tan objetivo como lo permiten las deducciones que recopila tras la lectura de estas copiosas páginas.

 

Ciertamente, el Diario de Porter, como afirma Deas, “es la obra de su vida”, y no de otra forma debió de concebirlo el disciplinado cónsul británico para dedicarle una atención minuciosa y cotidiana. Hijo de una época en que tiene lugar la formidable irrupción del romanticismo, con innatas aunque no grandes dotes para el arte y la aventura, Porter encuentra en su puesto diplomático de la lejana y naciente República un pretexto para atrincherarse tras la exigencia de sus obligaciones y defenderse de las tentaciones románticas. Tal vez sea esta la “incertidumbre de vocación” que menciona Deas. Imaginemos solo por un instante la obra gráfica de un Porter que hubiese decidido adentrarse a lo largo de nuestro país y hasta más allá para recoger las imágenes de gentes, lugares y monumentos. No habría precisado para ello del diario rito de las formalidades que devoraban su tiempo, aunque sí de una ciega determinación para confiar solamente en sus dones. De existir ese imaginario conjunto de óleos, dibujos y acuarelas, ¿no tendríamos que admitirlo también como “la obra de su vida”? Por fortuna, si el futuro muy pocas veces se deja predecir, el pasado es siempre inmodificable. Las consideraciones hechas en tiempo potencial, como se sabe, pertenecen a la imaginación, no a la historia. El reservado Porter, hombre de alma bondadosa, de carácter recto y servicial, quiso que fuese a través de este Diario como principalmente podamos dialogar con él desde la posteridad que encarnamos frente a su memoria. Y es ante todo en estas páginas donde atentos debemos escucharle, sin fabricar mayores conjeturas. Al fin y al cabo, la validez de sus testimonios, los apuntes acerca de hechos, personajes y sucesos, echan una irrepetible luz sobre un período por demás significativo de nuestra historia.

 

El 5 de febrero de 1811, al fechar su despedida de La Guaira, el habitual comedimiento de nuestro cónsul cede a la pena que le proporciona la despedida de una íntima amiga, la señora María Luisa de Harrison: “¡Confieso sinceramente que me ausenté de La Guaira con el corazón oprimido! En pocos minutos estaba a bordo de la goleta, y ya en plena mar, leí la carta de mi adorada amiga, y esta lectura confieso que me causó más dolor del que puedo anotar”. Entre el hecho de escribir tales líneas decidido a proseguir camino, y el de quedarse para permanecer cerca de la adorada peruana, se concretaba para Porter en ese instante una difícil disyuntiva capaz de incendiar el alma de un Byron o de un Shelley. Nuestro cónsul, sin embargo, no era hombre de albergar demasiados ímpetus irrefrenables, aunque fuese sensible a la belleza y el amor. Una serena, educada resignación acompaña su tornaviaje a Londres, y más tarde, tras una breve temporada en Inglaterra, va a reunirse en San Petersburgo con su hija. Poco más de un año después de haber dejado el caluroso puerto de La Guaira falleció repentinamente en aquellas nevadas tierras, a causa de una apoplejía. Salvo el día de su muerte, casi ninguno de los últimos diecisiete años pasó para él sin que mereciera al menos una línea en las páginas de su Diario.

 

[Este ensayo fue publicado inicialmente en el número 232 de Tiempo Universitario, el 18 de octubre de 1999]

Fecha: 20/NOV/2017