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Pregonero de Filuc 2017

Elías Pino Iturrieta: El tribuno

El joven historiador Carlos Alfredo Marín ofrece una silueta en torno a su colega Elías Pino Iturrieta. Destacando su productiva faceta como columnista, nos ofrece algunas de las cualidades discursivas de su prosa, que mezcla con agudeza la rigurosidad del dato histórico y el relato ameno, estimulante. Un homenaje a uno de los intelectuales más respetados del país.

Carlos Alfredo Marín

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El maestro Elías Pino Iturrieta participará en el foro Filuc "Para seguir leyendo", el sábado 28 de octubre
Fotógrafo: María Álvarez
 

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Suelo conversar con Fernando Savater. Siempre lo encuentro entre libros, periódicos, papeles. Hace tiempo me presentó a Spinoza y a Nietzsche. Los libros, si se comparten, cumplen una misión de vida. Por eso es que Savater es como un ágora griega. Él cree en el diálogo socrático y en la ironía epicúrea. Hay que escucharlo hoy hablar sobre la educación y el terrorismo, los partidos políticos y los intelectuales españoles. Nada escapa a su interés. Un día me dijo que lo hacía guiado de cierta ética personal: “coraje para vivir, generosidad para convivir, y prudencia para sobrevivir”. Fernando Savater se debe a su circunstancia histórica.

 

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El historiador suele estar amarrado a la rigurosidad. ¿Qué pasa cuando deja atrás las ataduras academicistas? Se siente fuera de foco: demasiada libertad para contener la realidad. El ensayo breve requiere mas que habilidad narrativa y fuelle para la invención; se necesita, como lo apunta Fernando Savater, coraje. La pluma adquiere así una función política: ser vehículo para oxigenar la vida ciudadana. Los historiadores no se prestan con mucha frecuencia a la tribuna periodística.

 

No es el caso del historiador y escritor venezolano Elias Pino Iturrieta (1944). Su palmarés no necesita presentación: director de instituciones académicas y culturales, docente de distintas universidades, autor de obras de suma importancia para la comprensión del siglo XIX, y, claro está, columnista de periódico. Sobre esta última faceta, Pino Iturrieta entra en una tradición notable. Pienso en Enrique Bernardo Núñez, José Ignacio Cabrulas, Rodolfo Quintero, Juan Liscano, Simón Alberto Consalvi, Jesús Sanoja Hernández y Manuel Caballero.

 

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Los artículos de periódico deben ejercer un cambio en el lector. En medio de la velocidad, elevan anclas y provocan mundos posibles; son aceleradores de partículas imaginativas y racionales, siguiendo la línea savateriana. Elías Pino Iturrieta profundiza más en esta idea. Más que historiador y docente, el maestro es un investigador experimentado en archivos y bibliotecas en ambos lados del Atlántico. Él sabe que la pulpa social –de cualquier época– se condensa en esas pepitas de oro escondidas en las primeras páginas de los impresos, como queda demostrado en Ideas de los primeros venezolanos, uno de sus más importantes libros dedicados al papel de las mentalidades en nuestro país.

 

Quien diga que el artículo está condenado al olvido, se equivoca. Recientemente escribió: “las columnas excepcionales están destinadas a la permanencia, o a convertirse en documentos imprescindibles para quienes requieran, en el futuro, averiguar lo que pasó de veras en una época determinada”. Doble conciencia del articulista: como escritor entregado a la colectividad; y como cultor de la memoria que se proyecta a futuro. Si la fugacidad intenta borrar sus efectos, las ideas en movimiento consiguen la trascendencia. Pino Iturrieta recobra el papel de los editores de la Gaceta de Caracas: fundar pensamiento y virtud en medio de los fogonazos de la guerra.

 

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Hace diecisiete años compraba, todos los domingos, El Nacional y El Universal. Solía coleccionar del primero el suplemento Siete Días, donde seguía con interés a Simón Alberto Consalvi, Alberto Barrera Tyszka y Tulio Hernández; del segundo, recortaba solamente las columnas de Manuel Caballero y Elías Pino Iturrieta, ambos egresados de la Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela. Eran mi referentes académicos –en el 2001 ingresé a la misma escuela– aunque, sinceramente, los seguía por considerarlos maestros en una pasión compartida: la escritura.

 

Caballero y Pino Iturrieta redimensionaban el acontecer político con la sabia de nuestra historia contemporánea. El pasado estaba allí, frente a mí, vivo, y no había mito o entuerto que se escapase para hacerlo materia del presente. No solo encontraba yo, simple lector promedio, los síntomas de un país a punto de caer en el abismo; sino el coraje de unos intelectuales que se atrevían hacerle frente a la bota militar. Leer a estos dos espadichines en El Universal era revivir la faena de un José Domingo Díaz o un Juan Germán Roscio. Lo cierto es que aquella batalla dominguera se apagó a medias en el 2011, cuando Caballero dejó –para pesar de miles de lectores– este plano terrenal.

 

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“Ser [el] vigilante de la sociedad”. Así denominó Elías Pino Iturrieta a su colega y amigo catedrático, Manuel Caballero. El historiador vive en una angustia constante: evitar que en el presente se repitan los desaciertos del pasado, aunque es errático pensarlo así. Pero es ese vigilar los procesos contemporáneos, siempre abiertos y latentes, lo que lo emplaza. El pasado lo aboca a pensar en el hoy. Pino Iturrieta es uno de esos tribunos que jalonan la realidad para hacerla potable en clave no solo histórica, sino cultural.

 

Algunos podrían decirme –como mis jóvenes alumnos de pregrado– que la maña lingüística del maestro es “decimonónica”. Pero no es un asunto degradante; más bien, pienso yo, lo engalana. La maña de Pino Iturrieta es capaz de crear atmósferas insospechadas; de hecho, funda personajes como la famosa Tía Amélia. Su estilo satírico reune lo popular y lo culto al mismo tiempo, reviviendo las mejores líneas de la literatura castellana. Punch por punch, usando la jerga boxística, gana cada combate en la dura polarización criolla; y si cae, se levanta con firmeza. Elías Pino Iturrieta es un defensor del civismo y la democracia, un referente cultural imprescindible en tiempos de oscuridad. Un tribuno que construye desde la fibra.

 

 

[Carlos Alfredo Marín (Caracas, 1982) es investigador y docente universitario. Licenciado en Historia de la UCV y Máster en Procesos de Independencias en la Universidad de Jaume I, España. Columnista en Papel Literario del diario El Nacional e integrante del equipo de Ediciones Letra Muerta. El ensayo inédito que presentamos en “Muestras sin retoques” fue escrito especialmente para este espacio].

Fecha: 23/OCT/2017