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"Cansancios de orilla", obra clave

José Joaquín Burgos, un zapatero prodigioso

El poeta, ensayista, narrador y cronista José Joaquín Burgos (1933-2017) mostró amplia ciencia y diestro arte de navegación por el delta de los géneros. Así lo sostiene Marcos González en este texto que parte del último libro publicado por el cronista de Valencia, "Cansancios de orilla", para denotar la riqueza en la obra del autor

Marcos González

Tiempo Universitario
El poeta y maestro José Joaquín Burgos presentó su libro "Cansancios de orilla" en la Filuc 2012.
Fotógrafo: Gema Durán
 

Cansancios de orilla (Fondo Editorial Almadura) es un libro clave en la obra de José Joaquín Burgos, un escritor mayor con amplia ciencia y diestro arte de navegación por el delta de los géneros: la poesía, el ensayo, la narrativa, la crónica.


Está publicación de 106 páginas, impreso en el mariano y floral mes de mayo de 2012, un calendario ciertamente muy amado por el autor, constituye en gran medida una suma poética. Cada texto es carne acariciada, leída en su epitelio y en su dermis como un memorial o un cuaderno de satisfacciones, rendidas al momento del repaso de la existencia, como un documento que declara la última voluntad de amor y religión por las formas del lenguaje.


De nuevo se muestran los motivos literarios iniciales y los tópicos de la tradición y la modernidad: la fugacidad, el tiempo y su marcha inexorable; el río que fluye, cambia y permanece; el héroe, el viaje y el regreso. Están las huellas de Homero, Horacio, Quevedo, Jorge Manrique, Fray Luis de León, Unamuno, Antonio Machado; la mitología, el unicornio; la fe y los signos cristianos, el llano y sus metáforas, la pérdida y el reencuentro; el pájaro y el árbol; la lluvia y sus expresiones cándidas, como la garúa, o violentas como el aguacero; el verano, la música, el verso, el bar y los amores, los afectos familiares, los amigos.


Un signo central y su cadena de indicios recorren de extremo a extremo el libro: la ciudad, desde lo conocido y lo innominado, desde la memoria o su deconstrucción; con sus enigmas y respuestas, invitaciones y abandonos. La urbe clásica, homérica; Ítaca para el sosiego y el sin retorno: "Náufrago/en una orilla limitada de mar o de galaxia/ se vive/ el sueño de la ausencia (...) Después llega la soledad y golpea/ como una piedra/ que cae/ fatalmente/ Se enciende entonces en la memoria/ el inútil espejismo del regreso/ Ulises/ ebrio de amor en los brazos de Circe/ Pero ya nada existe/ No hay galaxias/ ni mares/ ni regresos/ Es la hora del último naufragio".


El cansancio aludido en el título tiene a la vez sentido lato y literal, propio y traducido. Literal, pues los indicios construyen una semántica de la lasitud, de la merma y el desbaste; de allí las imágenes del tiempo, la vejez, el derrumbe, el silencio, los huesos, los árboles moribundos, la ausencia, la tristeza, las sombras, los fantasmas, el héroe anciano, el perro viejo. Lato, pues el sentido de la palabra se prolonga: la orilla es la llegada, lo alcanzado; el reencuentro y lo recobrado. Hacia allí apuntan el brindis, la celebración, la ciudad que sobrevive en sus muros que son los "ojos de Dios", "el canto de los gallos [que] en la alta noche es un simple deseo de vivir"; el "regreso al día de los relámpagos", el retorno del alba "ungido/ por la gracia de un ángel".


El silencio que atraviesa la ciudad de José Joaquín Burgos es música que "seguirá escuchándose",  "extremada" (apunto yo), como aquella de la Oda a Francisco de Salinas, de Fray Luis de León, que al sonar serena el aire y lo traspasa "hasta llegar a la más alta esfera", en este caso constelada de cantos de gallos y conversaciones perdidas, voces recaladas  entre memoria y olvido; palabras a la vera de las soledades, como esperando fraternidades: "A veces/ Por las calles del sueño/ encuentro a mis amigos difuntos/ y conversan conmigo/ para seguir viviendo/ Recuerdan historias no siempre ciertas/ confunden fechas/ rostros/ nombres/ colores/ imposibles perfumes/ pero se regocijan/ de saber que aún existen/ en las palabras con que recordamos/ su efímera presencia".


Dicho en modo poético (Discurso 3) y con reminiscencia lorquiana, José Joaquín Burgos es un zapatero prodigioso que hizo zapatos perfectos como si fueran poemas, poniéndoles "suela de endecasílabos", haciendo "rimar sus tacones" y cosiéndolos "con arte cinético" para que los cordones trencen "lecturas insospechadas". He aquí su práctica poética: el poema elaborado con la humildad del remendón pero con la destreza técnica del artesano, del "miglior fabbro", como enunciara Dante Alighieri.



Un poema de José Joaquín Burgos


DISCURSO 3



Señores:
Definitivamente
me encerraré en mí mismo.

Trazaré mis propios límites.

Decidiré mis oficios.

Por ejemplo,
haré un par de zapatos con tanta perfección
como si escribiera un poema.
Le pondré suela de endecasílabos.
Haré rimar sus tacones
para que retumben
cuando se cuadren militarmente.
Los coseré con arte cinético
para que las trenzas generen lecturas insospechadas
y enrevesadas fórmulas semióticas
si es que algún crítico llega a ponérselos.
Finalmente,
delinearé con toda exactitud
la huella que dejarán
para que no haya dudas
sobre mi insuperable maestría.

La ciudad, mientras tanto, gira.
Gira y me recuerda que soy un fugitivo
de mis propias incertidumbres.
Para qué entonces tengo que hacer zapatos
o meterme en otras materias.
Qué me importa, entonces, entre otras cosas,
que nadie haya podido comprender
la gravedad de algún informe geológico
 o la expresa decisión del arcoíris
de esconderse
para siempre,
cuando lo condenen a permanecer
entre las alas de los grillos.
O qué me importa
si un papagayo se enreda en los hilos
de alguna telaraña celeste.

Todo es cuestión de rumbo.
De suerte.
de Padre Nuestro que estás en los cielos amén.
Y que vengan los más jodidos enemigos,
o que San Juan agache el dedo
y se orine en plena fiesta,
en el centro del salón.

Qué importa.

Total,
nada quedará como evidencia.

Nadie podría atestiguar,
ni discernir sobre mi decidida posición
ante los delicados problemas que ustedes discuten.

Permítanme, ahora,
que guarde un minuto de silencio
por la cigarra que murió cantando
mientras un verso mío
(mejor dicho, las manos de mi nieta)
le desgarraron las alas...

Gracias.

Bien sabía que comprenderían
esta lección de semántica y de alta zapatería.
Esta fortuita coincidencia de intereses.
Esta simple metáfora
tejida así,
al vuelo de un segundo disfrazado de siglos.
Porque yo soy así, señores.
Por fuera un vendaval,
un fabricante de relámpagos.
Por dentro,
un niño náufrago, una mano que busca,
que tienta las paredes del sueño...




Fecha: 25/SEP/2017