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Las crónicas de un escritor vitalista

Rodolfo Izaguirre: delirante, memorioso y caballero andante en la prosa de la vida

El cine, la prosa, la crónica, y su voracidad lectora, pespuntean el mapa de la vida de Rodolfo Izaguirre, cuya reflexión y crítica han hecho del pensamiento y la escritura un método "salvavidas". La poeta Edda Armas leyó este texto de su autoría, a propósito del homenaje que se le rindió en la edición del 2014 de Filuc

Edda Armas

Tiempo Universitario
Rodolfo Izaguirre fue homenajeado en la edición del 2014 de Filuc.
Fotógrafo: Manuel Pifano / Tomada de manuelifano.50webs.com
 

"Todos tenemos un cine en nuestro cerebro". Esta afirmación se la escuché decir al mimo francés Marcel Marceau en un coloquio, en el lejano julio de 1980, en el entrañable Teatro CANTV de Caracas. En 1985, en mi único poemario para esa década, Cuerdas de serpiente, la inserté como epígrafe a un poema, en el que menciono a Los inolvidables de Luis Buñuel, Muerte en Venecia de Luchino Visconti y Amarcord de Federico Fellini, increpando al lector con la pregunta simple de ¿Los recuerdas?

 

"Giramos en nuestras espaldas/ nos alargamos en una idea/ en una imagen/ Close-up/ congelados por alguien/ fijos estamos en un índice/ mesa de trabajo ocurriendo: papeles apuntes máquina/ ayer fuimos al cine".

 

Instantes del referido poema, evocados en la certeza de que, nuestro imaginario y nuestra alma, mucho le deben al catálogo filmográfico que los de mi generación tuvimos la suerte de apreciar con gozo, en las pantallas de la Cinemateca Nacional, en aquel tiempo —no tan lejano— cuando la Plaza Morelos y el Parque Los Caobos eran lugares súper concurridos por los venezolanos, porque los museos de Bellas Artes, Ciencias, Arte Contemporáneo de Caracas, la Galería de Arte Nacional y el Ateneo de Caracas, con su programación variada y plural atraían públicos de todas las edades y colores, haciendo de Los Caobos el activo eje cultural de aquella Caracas de los años setenta y ochenta.

 

Y esta referencia personalísima, viene al caso, a esta hora, cuando queremos expresarle al apreciado amigo don Rodolfo Izaguirre, agradecimiento y afecto por una vida dedicada al cultivo de las artes bellas que nos hacen ser mejores personas, mejores creadores y mejores ciudadanos. El cine, la prosa, la crónica, y su voracidad lectora, pespuntean el mapa de su vida. Una vida dedicada a la construcción y gerencia de instituciones, páginas de libros, uno de ficción con el enigmático título Alacranes, y otros dedicados a la historia del cine, libretos para la radio y la televisión, reflexión y crítica—cinematográfica y del suceso país—, haciendo del pensamiento y la escritura un método salvavidas.

 

Y es que, nuestro homenajeado, suele apuntar con tenaz ahínco a la belleza y lo sublime, al significante del acto creador, al pensamiento libre y crítico que salva y redime, sin olvidar jamás a los desposeídos y el drama humano. Como ejemplo de ello, recordemos que Izaquirre participó desde su fundación en los grupos literarios Sardio (1958) y El Techo de la Ballena (1961), al lado de escritores y artistas plásticos que asomaban al cielo cultural venezolano, entre quienes se cuentan a Adriano González León, Salvador Garmendia, Elisa Lerner (solo en Sardio), Guillermo Sucre, Juan Calzadilla, Francisco Pérez Perdomo, Carlos Contramaestre, Caupolicán Ovalles, Edmundo Aray, Daniel González, levantando la voz de protesta social y el compromiso, también con ediciones, a las que Ludovico Silva describía "un paquete de dinamita lo más bellamente envuelto".

 

De su época ballenera, con toda intención, traigo al presente un fragmento de su texto El espíritu vengativo de la ballena, en el que ya apuntaba el afilado tono de su pluma: "Cuando vara en la orilla un cadáver de ballena, los pescadores anamitas esparcen hojuelas de oro y plata, queman perfumes y candelas de incienso y entierran con gran ceremonia los restos una vez cortada la carne y extraído el aceite. Por su parte la necrofilia venezolana mostró al mundo su elevado rango, dejando esparcir frente a Carenero (estado Anzoátegui) el rico olor de una gigantesca ballena allí varada hasta pudrirse de su propia muerte".

 

No se exagera cuando se afirma que, en Rodolfo Izaguirre, cohabita el gerente cultural, el buen padre, el cinéfilo y el lector de realidades, en su hacer crítica y narrativa, cual constructor memorioso y visual de la mitología a lo cotidiano, al tejer historias reales pero —insólitas— en su ensayo dilatado sobre este país que somos Venezuela. Y, en ese sentido, queremos resaltar algunos capítulos esenciales de su fecundo hacer…

 

A la Cinemateca Nacional, institución cultural pública, fundada por la talentosa cineasta venezolana Margot Benacerraf en 1966, él tomó su dirección por dos décadas, entre 1968 y 1988, convirtiéndola en verdadera Cátedra y Escuela de la Estética visual. Con un simbólico costo de entrada para el bolsillo del estudiante, a los jóvenes que éramos, cursantes aún del bachillerato público, nos arrebataba el plan de ir —solos o en grupos— hasta por tres o cuatro veces a la semana, a la Cinemateca, porque los ciclos de cine de autor o los temáticos que se ofrecían eran impelables. ¡Qué tiempos de formación, magia y redención! Y, ¡dígame los cine-foros! Oír a Izaguirre pero también al forista Perán, hacer la crítica, desmontando la intención y magia particular en films deFellini, Buñuel, Visconti, Pasolini, Kurosawa, Coppola, Herzog, Godard, Renais, Fassbinder, Kubrick, Bertolucci, Truffaut, Glauce Rocha, Wadja, Humberto Solás, Tomás Gutiérrez Alea y Chalbaud, por nombrar algunos pocos, inmensos, disimiles y tan personales en sus narrativas fílmicas, causantes —junto con Izaguirre— de que nuestro cerebro dispusiese de un tiovivo del cine universal, como activo dispositivo de iluminación e inspiración, por siempre.

 

39 años frente al programa radial "El Cine, Mitología de lo Cotidiano" en Radio Nacional de Venezuela (desde 1971, suspendido sin explicación alguna en 2010), 5 años como ancla de "La Cinemateca al Aire" (desde 1989 hasta 1994) en el legendario canal cultural y educativo del estado venezolano —Canal 5—, y como articulista de la columna diaria "35 Milímetros", en El Nacional. Como autor, exhibe títulos propios como El cine en Venezuela (1966), Historia sentimental del cine americano (1968) y El cine: belleza de lo imposible (1995); en ficción, brilla con luces de neón su única novela hasta ahora, pero con suficiente de peso y valor en la literatura de finales de los sesenta, Alacranes (1968); que le valió el emblemático Premio de Narrativa "José Rafael Pocaterra" del Ateneo de Valencia, con un jurado presidido por Guillermo Meneses, destacando en veredicto que dicho premio se sustenta en: "el ambiente de poesía y dramatismo que la hace excepcional, la agudeza de observación y capacidad de transferir a formas de arte la singular y viva experiencia de aspectos sorprendentes de la ciudad".

 

Andante, sensible y sagaz intelectual, nuestro homenajeado es uno de los más acuciosos cronistas del país. Con privilegiada memoria relata y teje historias colocando acentos de opinión a la anécdota, con los que detalla y precisa reconociendo lo que perturba, lacera, inflama, también lo que alimenta y debe resaltarse —haciendo de ello, en su condición de demócrata preocupado por el país— diario relato público en crónicas conectadas con el acontecer vibrante, con la talla poderosa de la palabra escrita. Al lector deleita con su prosa, salpicada de humor y la severidad analítica que lo caracteriza, con el virtuosismo y la belleza de uso más exacto de las palabras; marcas estas de su voz personal en la literatura venezolana. Quienes lo hemos escuchado en público —sin apunte en mano— sabemos de su talento en el arte de expresión con el mejor aliño de la lengua y la picardía, al barajear la historia que cuenta, ensartando pertinentes y curiosos datos, coleccionados como barajitas troqueladas e intercambiadas en andanzas de vida.

 

Airoso de sus ocho décadas bien bailadas, compartidas con Belén Lobo, su compañera y madre de sus hijos Rhazil, Boris y Valentina, confiesa que no suele ser lector sino relector. Dice: "No soy de los que andan buscando frenéticamente las últimas novedades. Espero con calma que me lleguen…y, mientras espero, releo". Reconoce que Vivir de Kurosawa, y Cantando bajo la lluvia de Stanley Done, son las dos películas que más veces ha visto en su vida, ya la pregunta formulada por la periodista Milagros Socorro de ¿Cuál es la historia que el cine nacional debe filmar cuanto antes?, sin ningún pudor ha respondido: "¡La historia de mi vida! Tengo 83 años y no me queda mucho tiempo para seguir haciéndome el gracioso". Así que, ojalá –pide una– brinque prontísimo el cineasta que se avoque al guion y al rodaje de este impostergable film.

 

Y entretanto, llega a sus lectores la reedición de su novela Alacranes (acción que espero que algún editor emprenda post-FILUC), como también el volumen de obra reunida de su tan surtidas crónicas, y a la pantalla grande la historia de su vida, les recomiendo el abordaje inmediato del episodio épico de una crónica excepcional, intitulada por él "A propósito de Adriano González León, Mientras crece la hierba de la eternidad", la cual encuentra online en el link: ideasdebabel.wordpress.com/2013/09/24/a-proposito-de-adriano-gonzalez-leon-mientras-crece-la-hierba-

 

Muchísimas gracias, don Rodolfo, y gracias a todos ustedes que nos acompañan a celebrarlo y homenajearlo como lo merecía, en el espacio valenciano del libro, FILUC.

 

Octubre 12, FILUC 2014.

Fecha: 18/SEP/2017