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Formador de profesionales, hombre de ciencia y de familia

Dr. José Alejandro Corado, comprometido con la academia y la medicina

Decano de la Facultad de Ciencias de la Salud de la UC, padre de dos venezolanas en diáspora, apolítico, reticente, preocupado por el presente y futuro de la medicina en el país, pero no pierde el optimismo. Conversaciones y planteamientos del individuo número 11 de la Academia Nacional de Medicina

Daniela Chirinos

Tiempo Universitario
El Dr. José Corado nunca se planteó ingresar a la Academia Nacional de Medicina. Sus planes siempre fueron ejercer su profesión y enseñarla.
Fotógrafo: Rafael Delgado
 

Cercanos o por referencia. Quienes lo conocen saben que José Alejandro Corado Ramírez, decano de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad de Carabobo (FCS-UC), es un catedrático estricto, un investigador minucioso, amante del conocimiento y docente apasionado. Por eso, cuando la Academia Nacional de Medicina anunció en junio pasado, la admisión de este hombre de ciencia como individuo número 11, la noticia fue recibida con beneplácito y un unísono “muy merecido”.

 

El único sorprendido, al parecer, fue el propio Dr. Corado. Sin reparos confiesa que “la verdad es que no lo esperaba”, porque en los 37 años que tiene de graduado como Médico Cirujano (Universidad de Carabobo, 1980) nunca se planteó como meta personal, la posibilidad de que sus pares reconocieran su trayectoria profesional -de campo y de cátedra-, para otorgarle la más alta distinción conferida en el gremio de los galenos.


Tampoco se trazó ese objetivo mientras estudiaba en el Instituto Pasteur de Francia, del que egresó hace 25 años como magister y doctor en Inmunología; ni cuando cursaba estudios de especialización en Pediatría; ni en los 22 años que tiene como docente activo de la UC (también fue profesor en la UCV); ni en los 8 años que lleva al frente de la FCS-UC.


Sus planes siempre han sido otros: ejercer la medicina y enseñarla. El primer indicio de que ese sería su proyecto de vida, se asomó cuando cursaba tercer año de bachillerato. Le hicieron un test de orientación vocacional y el resultado arrojó tres posibles profesiones: Química pura, Filosofía y Medicina. Finalmente, se decantó por la última alternativa.


Antes de tomar esa decisión definitiva, su padre Daniel Corado, reconocido abogado del estado Guárico -donde nació José Alejandro-, habló seriamente con él para manifestarle su deseo de que estudiara abogacía. Pero la solidaridad y humanismo del joven para ese momento, se impuso al interés que también tenía por las leyes.


De manera que es comprensible que, de todos los trabajos que ha hecho a lo largo de su carrera, lo que más le ha apasiona son las jornadas médico asistenciales que desde hace 11 años realiza en las poblaciones indígenas venezolanas junto a los estudiantes y docentes de la FCS-UC. Ciertamente, confía en el trabajo en equipo.


Además es un hombre muy familiar. Su esposa Elda Montenegro de Corado, cirujana plástica, es testigo de eso. También cree en el talento de los médicos venezolanos que están dentro y fuera del país. Como decano, recibe diariamente entre cinco y seis solicitudes para validar documentos académicos de estudiantes con aspiraciones de emigrar.


La diáspora la ha vivido de cerca. Sus dos hijas, Henneth y Charmian Corado, viven en EE.UU. La primera es médico internista, reside en San Antonio (Texas) y está casada con el cirujano coloproctólogo venezolano Haiser Dao. La segunda es periodista, trabaja como productora de CNN en Español en Atlanta, al igual que su esposo Juan Carlos Toro.


Hay que decirlo, Corado se presenta como un hombre apolítico y reticente, aun así se permite dedicar un breve mensaje a los profesionales que están fuera de Venezuela: “Espero que en muy poco tiempo puedan regresar para que compartan sus experiencias, ejerzan aquí su profesión, aporten sus conocimientos al país”.


Como le preocupa el futuro de la medicina en Venezuela, advierte que “estamos en un período de crisis” y desde el punto de vista sanitario, el escenario es más grave, porque atenta contra dos de los derechos fundamentales: la vida y la salud, como consecuencia de la falta de medicamentos y la migración de profesionales en carreras afines a ésta.


Su propuesta, en todo caso, es que la academia juegue un rol estelar en este asunto, para que de acuerdo con sus orientaciones y planteamientos, tome decisiones que apunten a reconstituir o recuperar lo que fue de la medicina en Venezuela y sus políticas sanitarias, que en algún momento sirvieron de ejemplo para el resto de la región.


Esta advertencia no la hace al azar, al contrario, precisa que las áreas más afectadas son la dotación de medicamentos, la proliferación de enfermedades que estaban erradicadas y el fallecimiento de niños por desnutrición (males reemergentes) o el cáncer, “porque no tienen acceso a un servicio de salud mínimo”.


Pero su compromiso como galeno y docente no flaquean, incluso celebra que nuestros médicos estén demostrando en otras naciones cuán pertinente es la formación que reciben en Venezuela. “Hay que seguir educando a nuestros muchachos con pertinencia, solidaridad, ciudadanía y conocimientos del mundo de la medicina actual, a pesar de todo”. 

 

Fecha: 18/JUL/2017


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