Tiempo Universitario

| MUESTRAS

Publicado el 26 de noviembre de 2001, en nuestra edición impresa Nº 321

En torno a Álvaro Mutis

Eugenio Montejo admitió que tenía al escritor colombiano por uno de sus maestros. Sus poemas, sus relatos y opiniones le acompañaban desde hacía muchos años antes de confesarlo y fundamentarlo con minuciosos detalles en este ensayo, que salió a la luz por primera vez en la sección Muestras Sin Retoques de Tiempo Universitario, junto a los poemas "Nocturno" y "Cita" de Mutis.

Eugenio Montejo

Tiempo Universitario
La senda de la poesía de Álvaro Mutis propició el acercamiento de Eugenio Montejo a la obra del neogranadino
Fotógrafo: Tomada del abc.com
 

Fue Juan Sánchez Peláez quien, hace más de cuarenta años, me habló por primera vez con entrañable simpatía de la obra de Álvaro Mutis. Su nombre no me era entonces del todo desconocido, pero Juan complementaba mi incipiente conocimiento de sus poemas con anécdotas y sucedidos bogotanos, del tiempo en que él se había desempeñado como agregado cultural de nuestra embajada en Colombia. Juan había publicado a comienzos de los cincuenta el poemario Elena y los elementos, en tanto que Álvaro, por su parte, muy poco después había dado a imprenta Los elementos del desastre. Me decía Juan que Álvaro más de una vez lo había intimado a enmendar aquella involuntaria coincidencia, que delataba, según él, cierta falta de imaginación, y todo ello mediante la edición de ambos libros en uno solo que firmaran los dos y se llamase Elena y los elementos del desastre.

 

El caso es que gracias a estos comentarios, y a las ocasionales reproducciones de sus poemas que caían en mis manos, también su obra despertó en mí un eco de afinidad secreta. Y como tal, no solo en mí, sino en muchos otros se mantuvo, al menos hasta el lanzamiento por las ediciones de Seix Barral, a principios de los años setenta, de Summa de Marqroll el gaviero, la compilación que lo dio a conocer de un modo amplio en toda la geografía de nuestra lengua, a partir de la cual la fama comenzó a adueñarse de su nombre. En las páginas de la memorable revista Eco se hicieron más frecuentes los estudios acerca de su obra, y algunas selecciones que contribuyeron a modelar el clima literario de aquellos años, como la Antología de poesía viva latinoamericana, debida a Aldo Pellegrini, destacaron justicieramente su trabajo. La misma voz de Álvaro —otro dato en el que me llevó a reparar Juan Sánchez Peláez— era identificable a veces en el doblaje a nuestra lengua de algunas series televisivas divulgadas por entonces.

 

Lo vine a conocer personalmente en el inolvidable Encuentro Internacional de Poesía de la Ciudad de México, en 1986, en la misma ocasión en que pude conocer también a otro amigo grande y secreto, el cubano Eliseo Diego. Muchas luces del Festival convergían sobre Octavio Paz, si bien el inicio de las lecturas poéticas correspondió al mayor en edad de todos los allí reunidos, a otro gaviero de obra, mar y alma, el luminoso Enrique Molina. Después he vuelto a encontrar a Álvaro en diversas ocasiones, y a coincidir con él en algunos eventos de poesía como el notable encuentro de la Universidad de Salamanca de 1992, donde también asistieron, entre otros, Emilio Adolfo Westphalen y Gonzalo Rojas.

 

Desde hace tiempo, pues, tengo a Álvaro Mutis por uno de mis maestros. La conversión del dolor que hayamos padecido en una brújula que nos sirva para orientarnos en las situaciones futuras de la existencia, es un postulado muy caro a su pensamiento que he tratado de hacer mío. Es verdad que no siempre he tenido ocasión de frecuentarlo con la asiduidad que desearía, pero esto no altera en nada la hondura de mi reconocimiento. Sus poemas, sus relatos, sus opiniones me acompañan, como ya he dicho, desde hace muchos años. A tal proximidad puedo decir que he llegado por la senda de su poesía, en cuyas sonoridades siento recuperados el desamparo y la vastedad de nuestros trópicos, y también por la otra senda menos alfabética de su propio paisaje, las veces que en este he podido adentrarme. Algún espeso vaho que precede las lluvias en las inmediaciones de Santa Fe de Antioquia, por ejemplo, o la cálida penumbra de los cafetales vecinos, el acre olor de las bayas descompuestas, cierta tensión última en la nervadura de las hojas y en los rostros de algunas gentes, no sabría evocarlos sin remitirme a muchos de sus versos.

 

Ya sé que son varias las voces que recorren sus páginas, que más que de un yo propiamente, Álvaro ha sabido valerse desde temprano de un poliyó, ese prisma polimórfico de donde surgen los dibujos de tan distintas y atrayentes personas. De allí proviene Maqroll, el escéptico de alma destartalada, sin duda el más famoso de su reconocida saga, pero también a su turno suelen hablarnos el monárquico, el teocrático, el Príncipe del Cauca, el historiógrafo bizantino, el estratega de la nueva España, etc. Puede que Maqroll llegue a morir sin conocer a la ciudad de Estambul, pues ya al respecto hemos leído su lamento que consta en un inolvidable poema, pero su añoranza de esta hermosa ciudad la transcribe alguien que acaso podría disertar durante horas acerca de la historia de la Santa Sofía. Asimismo, otra voz parecida, refinada y melómana, podría discurrir sobre mejores versiones de la sinfonía Haffner, al tiempo que, cómo no, despotrica del bolero, en el que reconoce una superchería sentimental de nuestro continente. Maqroll, por su parte, no tiene tiempo ni paciencia para prestarse a tales disquisiciones, pero por sus relatos sabemos que son muchas las veces que ha debido acodarse sobre el mostrador de zinc de alguna vieja taberna prostibularia, mientras observa por el ala del sombrero las sudorosas parejas que devotamente se entregan a los rituales del baile.

 

Hay que subrayar que ninguno de estos seres complementarios es inventado ni tiene un ápice de existencia gratuita, por lo mismo que nadie puede inventar ni premeditar ninguno de sus sueños. A lo sumo cabría afirmar que han nacido con nuestro autor, que son parte de su vida. Y cada uno de ellos, a su modo, sobrelleva su desolado destino, obsesionado por la fatalidad y la belleza. Casi todos tienen por ámbito de sus angustias un paisaje profundamente humano, tropical y fluvial, con esa fluvialidad cenagosa de nuestras tierras cálidas, cuyo naciente, en el caso de Álvaro, se remota tal vez a los Elogios de Saint-John Perse, a las Residencias de Pablo Neruda y a las entonaciones y ademanes del entrañable A.O. Barnabooth, pero que más tarde, en su portentoso crecimiento, se ha ido convirtiendo en esa ilimitada suma de sonidos y torrentes, de detritus, miserias y esplendores, que dan cuerpo a la celebrada obra de Álvaro Mutis.

 

 

 


DOS POEMAS DE ÁLVARO MUTIS

Nocturno

Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.
Sobre las hojas de plátano,
sobre las altas ramas de los cámbulos,
ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y vastísima
que crece las acequias y comienza a henchir los ríos
que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales.
La lluvia sobre el cinc de los tejados
canta su presencia y me aleja del sueño
hasta dejarme en un crecer de las aguas sin sosiego,
en la noche fresquísima que chorrea
por entre la bóveda de los cafetos
y escurre por el enfermo tronco de los balsos gigantes.
Ahora, de repente, en mitad de la noche
ha regresado la lluvia sobre los cafetales
y entre el vocerío vegetal de las aguas
me llega la intacta materia de otros días
salvada del ajeno trabajo de los años.


Cita
Y ahora que sé que nunca visitaré Estambul,
me entero que me esperan en la calle de Shidah Kardessi,
en el cuarto que está encima de la tienda del oculista.
Un golpe de aguas contra las piedras de la fortaleza,
me llamará cada día y cada noche
hasta cuando todo haya terminado.
Me llamará sin otra esperanza
que la del azar agridulce
que tira de los hilos neciamente
sin atenter la música
ni seguir el asunto en el libreto.
Entretanto, en la calle de Shidah Kardessi
tomo posesión de mis asuntos
mientras se extiende el tiempo
en ondas crecientes y sin pausa

Fecha: 17/JUL/2017


EDICIÓN IMPRESA