Tiempo Universitario

| MUESTRAS

Publicado el 9 de junio de 2014, en nuestra edición impresa Nº 813

García Márquez y sus adioses

"Muestras sin retoques", desde sus inicios, tuvo como objetivo fundamental apoyar toda expresión del pensamiento que sirva para alimentar la sensibilidad crítica del individuo. Su fundador y primer coordinador, Rafael Simón Hurtado, dirigió con tino este espacio abierto a la creación durante muchos años

Alfredo Veloz B.

Tiempo Universitario

Fotógrafo: Archivo Tiempo Universitario.
 

En esta nueva etapa digital y dentro de Tiempo Universitario, ofrecerá un itinerario cultural, artístico y literario, en el cual seguirán teniendo cabida las más diversas expresiones creativas de la región, el país y el ámbito internacional. Los nuevos coordinadores, Daniela Chirinos y Néstor Mendoza, serán los encargados de darle continuidad a este suplemento. Invitamos cordialmente a seguir este espacio que ofrecerá entregas semanales, y en la que se alternarán publicaciones de archivo y material inédito. A propósito del aniversario número 50 de "Cien años de soledad", ofrecemos una semblanza de Alfredo Veloz que recorre varios fragmentos de la obra del autor colombiano, con el ensayo "García Márquez y sus adioses".

 

Sabemos, porque lo han dicho y dicen ellos, de las tensiones y angustias crecientes que comporta la concepción, configuración y maduración de un personaje central en una obra trascendente y de paradigmas de los genios de la prosa novelística. Empieza todo, imagino, con saber lo que se quiere decir, cómo y a través de quiénes; luego personificarlo, lo cual incluye dotarlo de las características psicológicas generales y específicas que, con naturalidad, lo personifiquen en un ambiente, precisando su interrelación con él. Una vez hecho este trabajo arduo, “botarlo” a andar con unos rasgos físicos inconfundibles para, como se dice ahora, monitorear su hacer en ese medio para el que se han concebido otros personajes no menos importantes pero que no tienen la responsabilidad de atravesar el argumento de la obra, de ser portadores, heraldos puntuales del discurso inmanente y final de ella. Es así como comienza el calvario amoroso, aprehensivo, de lucha tensa, velada y hasta controversial entre ese personaje casi autónomo y su creador, empeñado en enrumbarlo hacia el objetivo nodal de producir arte literario, mostrándonos un tiempo y un espacio que pueda aclararnos o hacer más entendible una existencia personal o colectiva. La compenetración afectiva (amorosa, dije) de esos personajes centrales con el autor durante la manufactura de una gran novela, es lo que permite que los lectores los queramos y nos apropiemos de ellos, que opinemos e incluso defendamos, bien al personaje bien al creador, en alguna circunstancia planteada. En lo que al primero toca, ese perfil psicológico, físico y circunstancial es internalizado al punto de transparentar su medio colectivo e individual a nuestro ánimo y permite que nos hagamos partícipes de todo el argumento; esa entrañable relación creador-personaje (ardua, como acoté) implica una artesanía de la palabra que va desde textar la indumentaria de este hasta su parlamento, que deben estar en correspondencia con su bagaje cultural. Cuando el narrador consigue esto, los niveles de afecto suya hacia su creador y la empatía personaje-lector se intensifican y todas las turbaciones, aprehensiones y angustias que sufren ambos hacen que, por un especial y sorprendente proceso osmótico, nos hagamos protagonistas con derecho para intervenir, en cualquier momento o espacio, allí donde se están produciendo los hechos. Es, en realidad, un reconfortante placer presenciar, desde el lomerío de lector, toda esa gran aventura; aunque con más crudeza tiene que ser una satisfacción para el novelista ver a su héroe o heroína sufrir las veleidades y goces de la vida que les asignó; saberlo así: casi autónomo de pensamiento, vivo y actualmente entre sus coetáneos y, al tiempo, trascendente (en su simbología humana) a su hora y circunstancia.

 

Para ambos, sin embargo, llega el deber, la tarea no tan feliz del adiós; algo quizá más duro para el novelador, se entiende. El reto del hasta luego; de plantarse y decirle: bueno… “misa est”, como dicen los religiosos. Grande conflicto este si se piensa desde el lado sentimental. Él ama y conoce a su creado; lo ha llevado por calles, pueblos, “ríos, montes y quebradas” y al final tiene que hacerlo morir allí, en la novela, aunque para él y nosotros eso no ocurra. Pero tiene que buscar el sitio, la ocasión y, sobre todo, las palabras que conformarán la atmósfera del desprendimiento de alguien tan significante. Por ejemplo: ¿cómo concibió Rulfo despedirse del desolado “don Pedro” Páramo? ¿O Flaubert hacerlo de la intensa Enma Bovary? ¿Y Faulkner del árido coronel Sartoris? Sólo para mencionar una mínima muestra de las querencias literarias de nuestro fraterno Gabo. ¿Qué debió pasar por la mente de nuestros insignes novelistas latinoamericanos, hispanos y hasta clásicos cuando hubieron de enfrentar este impositivo final en sus obras? Uno, como lector, sólo vive la intriga y a pesar de que aprecia la magistral belleza literaria con que se resuelve, no deja de apenarse. Por eso me he detenido y escogido algunas despedidas que el gran Gabo plasmó y mostrarlas como perlas hermosas en ese mar creador suyo con el que nos inundó y con el que la vida nos fue más llevadera y entendible. Vean:

 

 

Cien años de soledad

 

 

“El aire lavado por la llovizna de tres días se llenó de hormigas voladoras. Entonces cayó en la cuenta de que tenía deseos de orinar, y los estaba aplazando hasta que acabara de armar el pescadito. Iba para el patio, a las cuatro y diez, cuando oyó los cobres lejanos, los retumbos del bombo y el júbilo de los niños, y por primera vez desde su juventud pisó conscientemente una trampa de la nostalgia, y revivió la prodigiosa tarde de gitanos en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Santa Sofía de la Piedad abandonó lo que estaba haciendo en la cocina y corrió hacia la puerta.

 

 

–Es el circo -gritó.

 

 

En vez de ir al castaño, el coronel Aureliano Buendía fue también a la puerta de la calle y se mezcló con los curiosos que contemplaban el desfile. Vio una mujer vestida de oro en el cogote de un elefante. Vio un dromedario triste. Vio un oso vestido de holandesa que marcaba el compás de la música con un cucharón y una cacerola. Vio los payasos haciendo maromas en la cola del desfile, y le vio otra vez la cara a su soledad miserable cuando todo acabó de pasar, y no quedó sino el luminoso espacio en la calle, y el aire lleno de hormigas voladoras, y unos cuantos curiosos asomados al precipicio de la incertidumbre. Entonces fue al castaño, pensando en el circo, y mientras orinaba trató de seguir pensando en el circo, pero ya no encontró el recuerdo. Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño. La familia no se enteró hasta el día siguiente, a las once de la mañana, cuando Santa Sofía de la Piedad fue a tirar la basura en el traspatio y le llamó la atención que estuvieran bajando los gallinazos”.

 

 

La hojarasca

 

 

“Yo había de preguntarle dos días después cuál era mi deuda, y él había de responder: ‘Usted no me debe nada, coronel. Pero si quiere hacerme un favor, écheme encima un poco de tierra cuando amanezca tieso. Es lo único que necesito para que no me coman los gallinazos’.
En el mismo compromiso que me hacía contraer, en la manera de proponerlo, en el ritmo de sus pisadas sobre las baldosas del cuarto, se advertía que este hombre había empezado a morir desde mucho tiempo atrás, aunque habían de transcurrir aún tres años antes de que esa muerte aplazada y defectuosa se realizara por completo. Ese día ha sido el de hoy. Y hasta creo que no habría tenido necesidad de la soga. Un ligero soplo habría bastado para extinguir el último rescoldo de vida que quedaba en sus duros ojos amarillos”.

 

 

El amor en los tiempos del cólera

 

 

“Subió el tercer travesaño, y el cuarto enseguida, pues había calculado mal la altura de la rama, y entonces se aferró a la escalera con la mano izquierda y trató de coger el loro con la derecha. Digna Pardo, la vieja sirvienta que venía a advertirle que se le estaba haciendo tarde para el entierro, vio de espaldas al hombre subido en la escalera y no podía creer que fuera quien era de no haber sido por las rayas verdes de los tirantes elásticos.

 

 

– ¡Santísimo Sacramento! -gritó-. ¡Se va a matar!

 

 

El doctor Urbino agarró el loro por el cuello con un suspiro de triunfo... Pero lo soltó de inmediato, porque la escalera resbaló bajo sus pies y él se quedó un instante suspendido en el aire, y entonces alcanzó a darse cuenta de que se había muerto sin comunión, sin tiempo para arrepentirse de nada ni despedirse de nadie, a las cuatro y siete minutos de la tarde del domingo de Pentecostés”.

 

 

Los funerales de la Mamá Grande

 

 

“Sólo faltaba entonces la enumeración minuciosa de los bienes morales. Haciendo un esfuerzo supremo -el mismo que hicieron sus antepasados antes de morir para asegurar el predominio de su especie- la Mamá Grande se irguió sobre sus nalgas monumentales, y con voz dominante y sincera, abandonada a su memoria, dictó al notario la lista de su patrimonio invisible…

 

 

No alcanzó a terminar. La laboriosa enumeración tronchó su último viaje. Ahogándose en el maremagnum de fórmulas abstractas que durante dos siglos constituyeron la justificación moral del poderío de la familia, la Mamá Grande emitió un sonoro eructo, y expiró”.

 

 

El otoño del patriarca

 

 

“…que la vieron en el tiquititaquete de Barlovento sobre la mina, en la cumbiamba de Aracataca, en el bonito evento del tamborito de Panamá, pero ninguna era ella, mi general, se la llevó el carajo, y si entonces no se abandonó al albedrío de la muerte no había sido porque le hiciera falta rabia para morir sino porque sabía que estaba condenado sin remedio a no morir de amor, lo sabía desde una tarde de los principios de su imperio en que recurrió a una pitonisa para que al leyera en las aguas de un lebrillo las claves del destino que no estaban escritas en la palma de su mano, ni en las barajas, ni en el asiento del café, ni en ningún otro medio de averiguación, sólo en aquel espejo de aguas premonitorias donde se vio a sí mismo muerto de muerte natural durante el sueño en la oficina contigua a la sala de audiencias, y se vio tirado bocabajo en el suelo como había dormido todas las noches de la vida desde su nacimiento, con el uniforme de lienzo sin insignias, las polainas, la espuela de oro, el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que sirviera de almohada, y una edad indefinida entre los 107 y los 232 años”.

 

 

Ajá, diría el Patriarca. Ahora, ¿cómo vamos a despedirlo a él, vea? Cierto: a él, que durante toda esta novela personal que por lo general no llega a los cien años ni tiene sus elementos de intensidad pero que lo tiene, desde lo literario, como centralísimo personaje y a su humanidad de escritor como referencia obligada y justa. A él, que a temprana edad nos hizo descubrir que las sábanas al viento al fondo del patio, la manía de comer caminando con el plato y la cuchara en las manos, que el reto de escribir cartas amorosas desde lo solo de nuestro sentimiento o que la espera cotidiana de un evento prodigioso que cambiara nuestra vida incierta de tanta necesidad, tenían un valor hermoso: que significaban, que eran cosas de una dimensión de magia, que nos personificaban como pueblos, que eran esencia de nuestra naturaleza rebelde y arbitraria, circunstanciada con la voluntad de hacer y decir propios y consonante con lo justo y lo libre. Que todo eso nos hace, amén, levantiscos y difíciles. A él, que nos brindó no una segunda sino centenas de oportunidades para que, aquí sobre nuestra tierra, impulsemos nuestra nítida homogeneidad espiritual latinoamericana, para que diéramos rápido cause socio-político a nuestra postergada ruptura colonial, concordia y solidaridad mediantes.

 

 

Es difícil, claro, sin sus dotes profusos para las palabras, asumir ese adiós; mejor lo hacemos y continuamos privilegiándolo en nuestros estantes, hablando siempre con él y contándole, a manera de chisme y de cuando en vez, cómo su palabra hecha gigantesca alfombra estética se extiende didácticamente desde el Río Grande del Norte hasta la Patagonia para catalizar la concreción de nuestros sueños.

Fecha: 19/JUN/2017