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Venezuela sin cultivos transgénicos

En nuestro país existe la prohibición expresa de no producir, importar, comercializar, distribuir, liberar y usar semillas modificadas

Teresa Morán

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Fotógrafo: Cortesia
 

La historia de los transgénicos se inicia como la vida misma. Todo comienza con una semilla común y corriente. Contiene un embrión del que puede desarrollarse una nueva planta, bajo condiciones apropiadas. También posee una fuente de alimento, almacenado y envuelta con una cubierta protectora. Esto conceptualmente es una semilla.


Mientras, el término transgénico es un adjetivo que describe a un ser vivo, cuya composición ha sido modificada a través de la incorporación de genes externos es decir no le pertenecen.


Esas semillas son transformadas para que sean resistentes a los insectos y herbicidas. Durante su crecimiento dan sus frutos y mueren, es decir, no se reproducen hasta tanto el agricultor vuelva a sembrar otro grupo de semillas certificadas, las cuales son obtenidas en la mayor compañía de semillas del mundo, llamada Monsanto, una trasnacional estadounidense especializada en producir agroquímicos y biotecnología, destinados a la agricultura. Monsanto es considerada líder mundial en ingeniería genética de semillas y en la producción de herbicidas; el más famoso de ellos es el glifosato, comercializado bajo la marca Roundup.


En Venezuela no existen cultivos transgénicos debido a que la siembra de esos granos se encuentra prohibida, así como su uso, manipulación y comercialización.


Inicialmente la decisión de prohibición fue emitida por el entonces presidente Rafael Caldera en el año 1997. Posteriormente, en 2007 se creó la Comisión Nacional de Bioseguridad para asesorar sobre el uso, manipulación, permisos y otros asuntos relacionados con los transgénicos, integrada por los ministerios del Ambiente, Agricultura y Tierras, Industria, Comercio, Ciencia y Tecnología, Salud, además de académicos, universidades, agroquímicos, farmacéuticos, pequeños y medianos agricultores y asociaciones de consumidores.


En 2013 fue presentado en la Asamblea Nacional el proyecto de Ley de Semillas, que proponía mantener la prohibición del uso de transgénico. El texto no fue aprobado y el Ejecutivo ordenó revisarlo. Finalmente, el 28 de diciembre de 2015 fue decretada, recalcando, en su Artículo 9, la prohibición expresa de no producir, importar, comercializar, distribuir, liberar y usar semillas modificadas.


Actualmente, el territorio venezolano cuenta con 30 millones de hectáreas de superficie cultivable, y posee ventajas desde el punto de vista climático y geográfico que pudieran convertirla en una potencia agrícola. Los métodos de cultivos en esas tierras se realizan combinando sistemas tradicionales con técnicas modernas o intensivas, de la mano con los recursos de la ciencia y la tecnología para lograr el máximo aprovechamiento de las riquezas de los suelos, sin llegar a la aplicación de la biotecnología agrícola.


Para la especialista en biotecnología, profesora Lellis Contreras, de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad de Carabobo (FACYT), “la biotecnología moderna provee a los agricultores herramientas para una producción más barata y más manejable. Algunos cultivos biotecnológicos se modificaron para tolerar herbicidas específicos, lo cual permite hacer un control de maleza más simple y eficiente”.


Contrario a este planteamiento, el impulsor de la Ley de Semillas, profesor José Ureña, señala que “los insumos semillas y agro tóxicos así casados, encarecen los costos de producción de los productores del campo, porque están sometidos y obligados a comprar todos los años semillas para poder producir alimentos y mantener su actividad económica”.

 
A grandes rasgos, los alimentos derivados de semillas transgénicas en el mundo son la soja, maíz, tomates, arroz, algodón entre otros, pero en suelos venezolanos estos rubros se originan en su estado natural, sin modificaciones.


Según cifras de la Organización de las Naciones Unidas para la alimentación y agricultura y la producción, Venezuela se cuenta entre las naciones con el menor uso de sus tierras en la región, explotando apenas 7% y la siembra lograda, hasta ahora y durante muchos años, han sido los cultivos alimenticios como las caraotas, frijoles y arvejas; los de exportación: cacao, café, plátano, yuca, y los cultivos industriales, representados en la caña de azúcar, tabaco, algodón y ajonjolí. Todo este florecimiento colocaba al país en un importante lugar dentro de la seguridad alimentaria, pero desde hace tres años esa bonanza se desvaneció causando una profunda crisis.


Para el director de oleaginosas de la Confederación Nacional de Asociaciones de Productores Agropecuarios (Fedeagro), Ramón Bolotín, en declaraciones emitidas el día 5/10/2012, en el Foro Subregional sobre Alimentos realizado en Quito, Ecuador, una de las “claves para mejorar la productividad en la región es la transferencia de tecnología como por ejemplo el uso de semillas transgénicas”.


El profesor Ureña ha insistido en que “no es útil para el pueblo venezolano el consumo de alimentos transgénicos. La crisis alimentaria mundial se debe al sistema económico capitalista neoliberal salvaje que predomina en los países del mundo; donde la distribución es muy desigual entre los que poseen recursos económicos – financieros y los que les falta dichos recursos. Al final el problema no es de una escasa producción de alimentos, sino de una aberrante y desigual distribución de los mismos”.


Por su parte, el investigador del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) PhD. en Biología Experimental y Aplicada, Félix Moronta Barrios, refiere que “el problema no es el consumo de este tipo de alimentos, porque ya los venimos consumiendo, sino que los produzcamos en nuestra tierra. Que sean los campesinos venezolanos quienes se beneficien de los mayores rendimientos y de las menores aplicaciones de agroquímicos. Que sean nuestros científicos de la UCV, UC, UNELLEZ, LUZ, UNET, INIA, IVIC, ULA, quienes desarrollen cultivos transgénicos autóctonos. Permitir que esas variedades mejoradas mediante biotecnología sean producidas en Venezuela, ayudaría bastante a superar la crisis actual. Estoy convencido”.


“Hay registro de un caso significativo” continua explicando Moronta en “el 2014 un grupo de investigadores venezolanos publicó un trabajo en el que descubrió la presencia de plantaciones de maíz blanco transgénico por una empresa del gobierno. Se trataba de un maíz que era resistente tanto a gusanos como a herbicidas. Resulta paradójico que quien se erige como defensor del movimiento anti transgénico (el gobierno venezolano) es quien importó la semilla y los cultivó. Muchas arepas se hicieron con ese maíz”.


La realidad en torno al consumo de alimentos transgénicos es desconocida en Venezuela. Muchas interrogantes son las que se ciernen en la mesa nacional. No existen cultivos pero se consumen; no hay garantías de que los rubros que se importan vienen o no con modificaciones genéticas; nos beneficiamos al alimentarnos con dichos productos pero omitimos su impacto en la salud; asimismo hay incertidumbre por saber si la crisis alimenticia que se vive podría solucionarse con la aplicación de una tecnología y, finalmente, las etiquetas del envoltorio no indican si el producto contiene componentes modificados.


Según investigaciones realizadas, la decisión de no etiquetar los alimentos modificados proviene de Monsanto, empresa con una destacada presencia en América latina. Sus representantes expresan que “el gigante agrícola por un lado aboga por el etiquetado voluntario de los transgénicos, porque pone foco en las empresas que quieren usarlo como una ventaja de mercadotecnia, pero se opone a que sea obligatorio porque lo considera discriminatorio al equipararse a la información negativa sobre las grasas y sales que tiene un alimento.

Lo cierto es que según informaciones de la Asociación Venezolana de Cultivadores de Palma Aceitera, 80% de las oleaginosas que se consumen en el territorio nacional son importadas; entre ellas están los aceites crudos de soya, girasol y maíz, en su mayoría elaborados a partir de alteraciones genéticas.


“Nuestro país está rodeado de otros países que son potencias mundiales en la producción de transgénicos, incluso somos clientes de ellos. A nuestros puertos llegan toneladas de maíz, por ejemplo, procedentes de Brasil, Argentina o Paraguay. Llega comida procesada importada o cuya materia prima importan; con mucha probabilidad todos derivados de cultivos transgénicos. Son alimentos tan seguros, sanos y nutritivos como los convencionales” señala el Dr. Moronta.


Asimismo el desarrollo tecnológico a partir del cultivo de semillas genéticamente modificado se estanca y se desconoce su impacto. Los defensores de la “nueva revolución verde” exhortan en la necesidad de ir hacia un modelo de agricultura más intensificada e industrializada.


La profesora Contreras, afirma “la biotecnología toma ventajas de procesos celulares y biomoleculares para desarrollar tecnología y productos ya que ayudan a mejorar nuestras vidas y la salud de nuestro planeta”.


Para el Dr Ureña los “insumos semillas y agro tóxicos así casados encarecen los costos de producción de los productores del campo porque están sometidos y obligados a comprar todos los años las semillas para poder producir alimentos y mantener su actividad económica”.


Pese a no existir evidencias científicamente comprobadas del supuesto nocivo de los alimentos transgénicos hacia la salud, Greenpeace plantea que “los riesgos sanitarios a largo plazo de los organismos modificados genéticamente (OMG), presentes en nuestra alimentación o en la de los animales, cuyos productos consumimos, no se están evaluando correctamente”.


Al consultar al investigador titular y coordinador de la maestría en Nutrición de la Universidad de Carabobo, Dr. Gustavo Oviedo Colón, explica que “se desconocen casos de alteraciones genéticas en pacientes por consumir alimentos transgénicos. Sin embargo, “se han hecho experimentos en animales (ratones, hamster) y, luego de la tercera generación de alimentarse con productos transgénicos, se ha encontrado crecimiento lento de la especie, con defectos corporales y esterilidad”.


Sostiene que “en Venezuela se ignora la semilla que se viene utilizando en las siembras. Pero lo más grave es que consumimos alimentos procesados importados de otros países sin ninguna garantía”.


Los alimentos transgénicos parecen una panacea para resolver el hambre en el mundo, mayor producción, mayor resistencia, pero desestiman los verdaderos efectos sobre los seres vivos. Por tal motivo deben seguirse las investigaciones.


Ventajas de los alimentos transgénicos
Resistentes a los insectos
Resistentes a herbicidas
Mejora la productividad
Mejora la calidad nutritiva

Desventajas
Impacto ambiental
Dependencia económica
Cambios culturales

Rendimiento por hectáreas
Depende de cada cultivo, región y prácticas agrícolas.
En los últimos 20 años: 22 %

 

Fecha: 29/SEP/2016