Julio Rafael Silva Sánchez  

José Agustín Catalá / Capitán del desolvido


Una fría madrugada del mes de noviembre del año 2011, a sus 96 años, el bondadoso corazón de José Agustín Catalá Delgado dejó de latir. Apenas un mes antes, el 28 de octubre, lo habíamos homenajeado en la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo

Primera estación: Entre
Barinas, Guanare y Acarigua

José Agustín Catalá. Foto de Diego León.

Finales de la década del noventa: tardes de sol, cerdo asado y cachapas de maíz tierno con queso de mano, a la sombra de los samanes, en La Rosaliera, la hermosa finca de José León Tapia, en Barinas. Nuestro anfitrión nos contaría que allí mismo, en aquella mata, cerca del jagüey, estuvieron conversando no hacía mucho, puntuales, cumplidores, expectantes por la dimensión de la invitación que les había cursado: el poeta Alí Lameda, con su parsimonia acostumbrada, José Vicente Abreu, con su elegante pelo e´ guama, regalo de José Agustín Catalá, quien lo había adquirido esa semana en Valencia, donde Otto Schimerr, aquel bondadoso alemán aclimatado en estos lares hacía tantos años, y Luis Alberto Crespo, dispuesto a montar su nuevo caballo recién llegadito de Carora.

Disfrutaríamos esa vez (como todas las demás) las atenciones de Carmen Dolores y la sabrosa conversación de José León: aquella tarde, cerca del ocaso, luego de las obligadas referencias a  los héroes olvidados de la llanura, con su facundia intelectual y su aplomada y proverbial sencillez, nos hablaría apasionado de este ser excepcional sentado a nuestro lado:  José Agustín Catalá, su amigo entrañable, editor de toda su obra (debo confesar que después de esta conversación aprendí a conocer mejor a nuestro invitado especial de esta tarde).

José Agustín Catalá Delgado. Hijo primogénito del también editor Juan Catalá Arráiz y Teresa Delgado, había nacido en Guanare, estado Portuguesa, el año 1915,  en una humilde casa de bahareque con techo de palma, en la esquina norte de la antigua  calle “Los Catalanes”, a poca distancia de la Plaza Páez, detrás de la iglesia, cerquita de donde emergería años después el poeta José Joaquín Burgos. Ese mismo año 1915 la familia viaja hasta Acarigua, como lo narra el autor en su obra Apuntes de memoria del editor José Agustín Catalá (2007): …en carreta de mula bajo un toldo formado con encerado de lona y sentados sobre colchones y almohadas de escasa amortiguación, viajan a Acarigua mis padres Juan Catalá y Teresa Torrealba, conmigo, nacido un mes antes en Guanare… El viaje debió durar dos días, con paradas en posadas del trayecto (Catalá, 2007: 9).

En este pueblo, de calles polvorientas y escasos faroles de alumbrado, hará José Agustín sus primeras letras, de manos de la señorita Ernestina, sobrina del cura y quien lo llamaba “su prenda linda”. Allí nacerá su hermana Ana Raquel, el 15 de julio de 1916.

Segunda estación:
Valencia: afectos perdurables, cárcel y destierro

En 1925 José Agustín se traslada con su familia a Valencia. Cursa estudios en el Colegio Católico Alemán y el Colegio Don Bosco y se aloja en una amplia casona en la calle Páez, número 179, a dos cuadras de aquella antigua casona, conocida desde 1908 como la Casa Páez, convertida ahora en cuartel de policía. En la acera de enfrente vivían la señora de Gerbasi y sus hijos Vicente y Chepino, don José Mucci Abraham y familia, los Ramos, los Jiménez.

Y en la cuadra siguiente, hacia arriba; Furyalah Raidi, el padre de Abelardo y sus hermanos. Una vecindad de italianos y libaneses cuya descendencia venezolana ha honrado el gentilicio. Aquel inquieto adolescente contempla, deslumbrado, el bullicio de la ciudad e inicia su peregrinar por los parajes, calles y rincones, como lo confesaría en la obra antes citada: Comencé entonces a conocer la ciudad: su Plaza Bolívar, la catedral, el único puente sobre el Cabriales, el mercado público, la estación del ferrocarril y el tranvía eléctrico, que pronto aprendí a abordar en marcha. Recorría el trayecto que venía de San Blas, lo tomaba en la esquina del cine Mundial y me llevaba a La Pastora, para retornar frente a la iglesia… (Catalá. Op. Cit.: 23).

A los diecinueve años, en 1934, recibe su bautizo carcelario, por la misma causa por la cual sería encarcelado otras veces en su vida: por publicar lo que la tiranía de turno no toleraba. En este caso, había hecho difundir en el semanario Orión de Maracaibo un escrito del poeta Luis Ramón Cerró sobre el libro “Conócete a ti mismo”, del filósofo argentino Joaquín Trincado. Estuvo preso durante cuatro meses en los sótanos de la policía instalada en la Casa Páez… Pero aquella primera prisión valenciana no sería ni la sombra de las que le esperaban en tiempos de la dictadura del general Pérez Jiménez.

En esta época, Catalá proyectaba editar unos cuadernos quincenales de literatura, con asesoramiento del escritor Pablo Domínguez, de paso por la ciudad. Allí se proponía publicar textos de sus entrañables amigos: Pedro Francisco Lizardo, Otto de Sola, Vicente Gerbasi, Luis Augusto Núñez, Pálmenes Yarza, Felipe Herrera Vial, quienes, junto al humilde pintor del Cabriales, Leopoldo La Madriz, constituían su más cerrado círculo de cofrades. Pero este proyecto fue abortado por los acontecimientos políticos, pues, al conocer la muerte del general Gómez en diciembre de 1935, José Agustín contemplará las manifestaciones populares que desbordaban las calles de Valencia y que culminaron con los saqueos de las casas de distintos dignatarios de la dictadura - como el coronel Angulo y Roberto Matute - y el almacén del expresidente del estado Carabobo, el tristemente célebre Ramón H. Ramos.

En 1936 se incrementa su militancia política y la actividad sindical. Su nombre comienza a aparecer como agitador radical en los registros policiales del nuevo régimen. Participa en la fundación de la Asociación Nacional de Empleados (ANDE-Valencia), en cuya sede funda la primera biblioteca que llevará el nombre de Rómulo Gallegos, con la presencia y la palabra de Alberto Ravell.

Promueve la huelga general de ese año 1936, actividad que le permite conocer a quien será su amigo perenne, aquel agitador de masas llamado Rómulo Betancourt. Acerca de esa relación comentará Pedro Francisco Lozardo, en la obra Homenaje a José Agustín Catalá en sus 70 años (1985): Betancourt y Catalá, dos temperamentos difíciles, se supieron entender en medio de las más tormentosas situaciones. Uno y otro conocían sus virtudes y defectos. Y sabían oírse a tiempo. Fueron clásicas sus intemperancias y también sus entendimientos. La amistad, el más alto y respetuoso concepto de la amistad, mantuvieron siempre estos dos hombres por sobre las desavenencias que sobrevinieran en sus opiniones (Lizardo, 1985: 35).

Catalá tendrá muchos obstáculos para actuar en Valencia, ya que recibía las amenazas y persecuciones del gobierno que presidía en el estado Carabobo el poeta Salvador Carballo Arvelo. Estas agresiones culminarían en 1937, cuando, por exigencias de este funcionario, el Ministerio de Relaciones Interiores decide expulsarlo del país, por sus innumerables y repetidos actos de agitación. Se radicará en Barranquilla y durante un año disfrutará de las benéficas aguas del río Magdalena.

Tercera estación:
Caracas: el apasionante oficio de redimir la memoria de un país

Regresa al país en 1938, por gestiones de su amigo Amenodoro Rangel Lamus, quien ejercía la Secretaría de la Presidencia de la República. Se radica en Caracas, con la expresa prohibición de volver a su añorada Valencia. Hasta 1944 permanece en el Ministerio de Agricultura y Cría en diversas funciones y en 1945 Betancourt y Valmore Rodríguez lo encargan de la gerencia de publicaciones del diario El País. De allí pasa en noviembre del mismo año a la Dirección de la Imprenta Nacional y la Gaceta Oficial. En febrero de 1948 Rómulo Gallegos lo ratifica en el cargo.

Ese mismo año, cuando ocurre el golpe militar, renuncia a su responsabilidad y se incorpora a las luchas clandestinas. Esos serán los años en que se entrega a su empresa Ávila Gráfica y comienza su tarea gigantesca de impresor y editor independiente. En 1950 aparece la revista Cantaclaro, impresa en Ávila Gráfica y animada por el grupo del mismo nombre, integrado por Jesús Sanoja Hernández, Rafael José Muñoz, Francisco Pérez Perdomo… Al año siguiente, Catalá se arriesga con Signo, otra revista de naturaleza política y de oposición a la dictadura militar. La dirigían Ramón J. Velásquez, Juan Liscano y Alfredo Tarre Murzi. Pero en 1952 el exilio y la prisión de sus animadores decretó la muerte de la publicación. Ese mismo año aparece “Venezuela bajo el signo del terror” (libro negro de la dictadura), obra que condujo a Catalá a la cárcel. El libro fue ensamblado por nuestro editor, Leonardo Ruiz Pineda, Alberto Carnevali, Jorge Dáger, Ramón J. Velásquez, Simón Alberto Consalvi.

En 1953, Catalá es recluido en la cárcel de Ciudad Bolívar, de donde saldrá en 1956, después de tres años de infierno. Seguirán años de represión y persecución política hasta 1958, cuando recomienza la libertad para los venezolanos y Catalá prosigue su labor de registrar la memoria oculta del país. Allí están, como una pequeña muestra de este prodigio: las Obras completas de Andrés Eloy Blanco, los ciento cuatro volúmenes del Pensamiento Político Venezolano del Siglo XX, las “Obras completas” de Mario Briceño Iragorry, “Se llamaba SN” y Donde el río perdió las siete estrellas (de José Vicente Abreu), Antonio Pinto Salinas, poeta y combatiente, Los archivos del terror, Hombres y verdugos, las Obras completas de José León Tapia y un sinfín de títulos que revelan en profundidad la egregia estirpe de este venezolano excepcional, de quien alguna vez diría Manuel Alfredo Rodríguez: …José Agustín Catalá ha tendido mano amiga a quienes han recurrido a la inagotable reserva de su fraterno sentido de la amistad. Amigo de sus amigos, indoblegable frente a sus adversarios, alternativamente gritón o apacible según la magnitud de sus trabajos o preocupaciones, siempre tiene pecho abierto y palabra alentadora para quien disfrute de su afecto o le proponga obra socialmente útil. Y parafraseando al Galdós de Doña Perfecta concluyo diciendo: y es todo cuanto podamos decir de un hombre que parece bueno y sí lo es.

Referencias bibliográficas

Catalá, J. A. (2007). Apuntes de memoria del editor (1915-2007). Caracas: El Centauro, ediciones.
Bruni C., M. T. (2008). Contra las dictaduras por la república civil. Caracas: El Centauro, ediciones.

Tapia, J. L. (1998). El tiempo indetenible. Mérida/Caracas: coedición del Instituto de Desarrollo Artístico y Cultural del Estado Mérida y El Centauro, ediciones.