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Los Códices

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Valencia, 26 de Junio de 2000. Cuarta Etapa - Año VII. Nº 262.    www.tiempo.uc.edu.ve

Los Códices

Raúl F. Guerrero

Códice Borgia (detalle)
"Entre la barbaridad de estas naciones –escribía fray Francisco de Burgos un siglo después de la Conquista– se hallaron muchos libros a su modo, en hojas o telas de especial corteza de árboles que se hallan en tierra caliente y las curtían y aderezaban a modo de pergaminos de una tercia poco más o menos de ancho, y unas y otras las zurcían y pegaban en una pieza tan larga como la había menester, donde todas sus historias escribían con caracteres tan abreviados que en una sola palabra expresaban el lugar, sitio y provincia, año, mes y día con todos los demás nombres de los dioses, ceremonias, sacrificios y victorias".

Los códices, hechos con láminas de papel de amate o de piel de venado, dispuestas en forma de biombos de pequeñas proporciones y resguardadas en sus extremos por cubiertas de madera, eran verdaderos libros en los cuales las altas culturas de Mesoamérica registraban hechos mitológicos o reales. Los códices eran un medio de salvar del devenir de la historia, por medio de la línea y el color, la cronología, la ciencia astronómica, la mitología y las glorias militares con la consecuente tribulación de los pueblos sometidos, asegurando la continuidad del conocimiento mágico de los sacerdotes y afirmando la conciencia del poder temporal de los gobernantes.

LÍNEA Y COLOR

Igual que las de los murales, pero más finas y miniadas, las figuras de los códices constituyen un alarde de maestría de oficio de los tlacuilos que los hacían. El color, plano y sin matices, llena los espacios interlineales del dibujo, armonizado en contrastes decisivos, alegres y audaces casi siempre, como una prueba más de la sabiduría cromática que caracteriza a todos aquellos pueblos.

Línea y color son el alma del estilo. Por medio de estos elementos los aztecas, los mixtecas, los mayas, perpetuaron sobre el papel de amate o sobre la piel de venado el mismo espíritu estético que los diferencia en las otras manifestaciones artísticas... Pero no obstante las notas diferenciales de los códices de cada cultura, todos ellos, en general, están unidos por una común voluntad de forma, traducida en concepciones plástico-representativas similares. El lenguaje sensual de los libros mágicos no es fonético, por más que algunos signos se acercaron al convencionalismo que implica la representación de los sonidos, sino ideográfico: si se quería decir "cerro" se pintaba un cerro, estilizado, pero al fin un cerro; si "agua", un azul torrente con sus ondas; si "camino", las huellas oscuras de unos pies sobre una vereda; si "sacrificio", un hombre con el pecho sangrante claramente abierto por el pedernal del sacerdote.  De un solo golpe de vista se captaba una idea, por compleja que fuese.  Cierto es que algunas hay incomprensibles para nosotros, puesto que vivimos en un mundo distinto en el que no existen signos sensibles que nos relacionen con conceptos que perdieron vigencia hace tantos siglos.

Tan acostumbrados estaban los pueblos precolombinos a este sistema de lectura directa, figurativa, sensual, que durante todo el primer siglo de la Colonia los indígenas continuaron dibujando sus más importantes documentos comunales en forma de códices y hasta el fraile Jacobo de Testera predicaba ayudándose de "códices" católicos en los que el Padre Nuestro y el Ave María estaban descritos y no escritos, convertidos en imágenes sintéticamente dibujadas como en los antiguos libros indígenas.

Los códices originales, repartidos hoy día en varios de los museos más importantes de América y Europa, llevan nombres que en la mayoría de los casos nada tienen que ver con su carácter prehispánico, pero denuncian las vicisitudes por las que han pasado a partir de la Conquista. Estos nombres generalmente se refieren a sus descubridores, a los afortunados coleccionistas que los han poseído o a las bibliotecas en que actualmente se encuentran.

LOS CÓDICES AZTECAS

Sólo cuatro códices aztecas de importancia artística se han salvado: el Borbónico, el Tonalámatl de Aubin, la Matrícula de Tributos y la Tira de la Peregrinación, todos ellos coloreados, excepto el último que está hecho sólo a línea.

El Códice Borbónico –hoy en la Biblioteca del Congreso, en París– es el único de este grupo que fue realizado antes de la Conquista.  Los demás son copias ejecutadas en el transcurso del siglo XVI, a partir de los códices originales prehispánicos, empero, a pesar de ello, conservan todo el sentido simbólico e incluso el tratamiento artístico de sus modelos.

El Códice Borbónico consta de dos partes principales: una estrictamente calendárica y adivinatoria, en la que se suceden, lámina tras lámina, las figuras de los dioses de los meses, de los glifos de los días y de los pronósticos del Tonalámatl (Calendario Ritual) para los hombres que nacían bajo tal o cual signo; la otra parte, ceremonial, registra las festividades religiosas con un cuidadoso detallismo que les imprime vitalidad: ofrendas y danzas frente a los templos, juegos de pelota, procesiones espectaculares y, al final, la ceremonia del "fuego nuevo", como centro de un círculo de sacerdotes y guerreros que encienden en la hoguera sagrada sus haces de cañas para inundar nuevamente de luz el mundo.

LOS CÓDICES MAYAS

En el siglo XVI los obispos Zumárraga de México y Landa de Yucatán llevaron a cabo espectaculares "autos de fe" con todos los "libros de hechicerías" que pudieron encontrar. Las hogueras consumieron no sabemos cuántos de esos testimonios pictográficos de incalculable valor artístico e histórico.

De la "quema" de Maní sólo se salvaron los tres códices mayas que ahora se conocen: el Dresden, el Tro-Cortesiano y el Peresiano. Los dos primeros pintados al finalizar la época clásica de la Cultura Maya (siglos X o XI) y el último en tiempos cercanos a la llegada de los españoles.

El contenido de estos tres códices es estrictamente religioso.  En sus láminas aparecen, en sucesión infinita, dioses y sacerdotes oficiantes dibujados con líneas fluidas y sensuales que destacan las figuras sobre fondos de color plano de indescriptible sutileza.

El Códice Dresden, el más hermoso de los tres, es un libro astronómico. Las figuras humanas de inconfundible estilo maya, muy semejantes a los relieves de las estelas o a las estatuillas modeladas en barro, están separadas por las líneas verticales que dividen cada escena.  Las masas horizontales de los jeroglíficos equilibran la composición de la sabia aplicación de recuadros sepias, azules y amarillos. Páginas hay tratadas sólo a línea, negro y café en suavísima armonía. En otras los glifos de significado incógnito hacen sentir su densi

Códice Nattall.
Procesión acuática de los dioses.
dad en las columnas de la izquierda, mientras que en las de la derecha se superponen escenas policromadas en las que participan calmados dioses sedentes, agresivos guerreros o animales totémicos heridos.

El Códice Peresiano, que se encuentra en la Biblioteca Nacional de París, está compuesto por hojas plagadas de dioses y jeroglíficos suavemente coloreadas con verdes y sienas.  En algunas de ellas sólo sienas y negros, lado a lado, en dos columnas verticales, cubren todo el espacio en una elegante disposición que hace resaltar el animado blanco de los cuerpos.

El Cortesiano, o Tro-Cortesiano, el más reciente, demuestra en su tratamiento la decadencia de la Cultura Maya. Carece de la finura de dibujo de los dos anteriores y si bien los tonos aún conservan su sobria disposición –sólo sienas y azules– la rápida aplicación que de ellos se hizo le resta calidad a su belleza.

Del policromado mundo precolombino –color en las esculturas, color en los edificios, color en la cerámica y en el vestuario– los libros mágicos han salvado girones luminosos.  Sus hojas, aún deterioradas, son una paleta en la que la imaginación puede hundir sus pinceles para llenar de vida el silencioso mundo de las ruinas.

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