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Premio Nacional de Periodismo Institucional

Valencia, 17 de Febrero de 2002. Cuarta Etapa - Año VII. Nº 368.    www.tiempo.uc.edu.ve

Conciencia e Identidad Nacional
o Sobre la Venezuela (que no es) Eterna

Orlando González Aponte

El de la conciencia histórica y la identidad nacional es el proceso de comprensión de lo vivido, de todos los procesos vividos, cuando y como lo hemos vivido; la valoración de lo vivido y de lo logrado en él o los procesos para construir una nación, con todos ellos, no sólo con algunos y, sobre todo, con los que condujeron a un presente de logros y déficits, de transformaciones tan profundas como la crisis que nos habita; y por supuesto, la identificación de estos procesos y su valoración, condición para el raigambre de un sentimiento de pertenencia.

Se trata, pues, de contribuir a restablecer la integridad de la conciencia histórica de los venezolanos para que, tal vez, nos atrevamos con valentía y arrojo a miramos a nosotros mismos tal cual somos y no tal cual deberíamos ser o no tal cual nos han dicho Que somos. en base a un deberíamos ser tan perfecto como indefinido e irreal.

Los venezolanos tenemos una idea ahistórica de Venezuela. A la pregunta ¿Desde cuando existe Venezuela? Responden ¡Desde siempre! No sabemos, o no podemos afirmar que sepamos, que cosa es Venezuela; y nos sorprenderíamos si se nos recuerda que la denominación es un invento, y europeo. Lo denominado, un territorio que no siempre ha sido el mismo; un estado republicano que primero fue monárquico, y una república que no siempre ha tenido el mismo nombre. Y lo denominable, una nación, es decir, un grupo humano mestizo y de inmigración; un territorio con un determinado grado de integración; un complejo de vínculos de superación de los conflictos y las desconfianzas mutuas, de solidaridad consensualmente admitidos y de unión bajo un gobierno común; una conciencia e identidad, y un sentimiento de pertenencia.

UNA NACIÓN CIVILIZADA

La decisión de formarla es lo que hace ante todo una nacionalidad. Surge cuando ciertos lazos objetivos delimitan a un grupo social: descendencia, idioma, territorio, entidad política, costumbres, tradiciones y religiones comunes. Muy pocas nacionalidades poseen todos estos atributos; a lo sumo varios de ellos; por lo general cada uno de manera incompleta. De tal manera que cada nacionalidad ha mitificado el paso como substrato de su existencia posterior a la decisión de formarla.

En el caso venezolano ha sido la propia nación que se ha convertido en el mito del pasado. No había una descendencia común puesto que criollos, pardos e indios eran entidades étnicas diferenciadas; el territorio era caraqueño, barinés, guayanés, marabino... pero de ninguna manera venezolano, y la historia, costumbre, tradiciones y religión eran distintas en cada grupo social; así que fue necesario mitificar la existencia de la nación misma, para poder construirla.

Por eso, quizás, como en ninguna otra parte, en Venezuela, la nación es el proyecto de su construcción: el proyecto nacional venezolano. Formular ese proyecto e iniciar el proceso de construcción fue el más importante esfuerzo de la primera generación de venezolanos. Desarrollar el proyecto pnmarIo y construir la nación venezolana ha sido el más consistente esfuerzo y el mayor logro de todas las generaciones de venezolanos, hasta el presente.

El orden (liberal) y el progreso (material) fueron la búsqueda, la ideología, el sueño de los venezolanos del siglo XIX. A la idea de construir una nación liberal y progresista se le agregan durante el siglo XX los contenidos democráticos, y también los asistencialistas y aún socialistas, el mal famado populismo. Con estos agregados se completa la noción y el proyecto adquiere una expresión consensualmente admitida y, por lo tanto, nacional.

El Proyecto Nacional inicia su formulación alrededor de los trabajos del Congreso Constituyente de 1811 y la subsecuente guerra de Independencia; y en función de la superación de la crisis de la sociedad colonial y de la ruptura del nexo colonial mismo.

Lo primero consistió, entonces, en la justificación de la ruptura de la relación con España -la doctrina de la independencia -para lo cual fue necesaria una relectura del proceso de formación de la sociedad, a partir de ahora llamada colonial. Rápidamente se procedió a hacer una nueva asignación de roles en el proceso de estructuración de la sociedad: en el peninsular se concentró el rol activo en una relación social, económica y política, que había sido ejercida y usufructuada en primer lugar por el criollo; el aborigen fue convertido, junto con los pardos y esclavos , de opositores esenciales de los cliollos en compañeros de éstos en el rol pasivo de la dominación, con lo que se perfeccionó el escamoteo del rol activo desempeñado en ella por el criollo; y finalmente, la anhelada identificación con lo metropolitano, reivindicada por el criollo como fundamento de su relación de diferenciación y dominación respecto de indios, negros y mestizos, fue presentada como una forzada imposición, en una despótica privación de libertad y en una negación de identidad, cuya principal víctima habría sido justamente el criollo.

Fue así como el nosotros, integrado por españoles peninsulares y españoles americanos, frente al ellos integrados por pardos, negros y mestizos, dio paso en la conciencia a un nosotros -criollos, pardos, negros e indios frente a ellos, los peninsulares. Por supuesto, nosotros "colonizados y dominados" y ellos "colonizadores y dominadores".

Abierto así el camino para ser convertidos todos en venezolanos -con el paso intermedio de colombianos -y ya no más criollos- españoles

americanos, ya no más esclavos, ya no más indios, sino venezolanos todos, se explícito otra necesidad: la del establecimiento de un principio legitimador de la estructura del poder interno que sustituyera el papel que el Rey, es decir Dios, había jugado hasta la ruptura del nexo con España.

La separación de los mandatos a la obediencia que derivan de la conciencia monárquica, subsidiarios de los mandatos de obediencia que derivan de la conciencia cristiana católica, fue una dificultad extraordinaria.

No era fácil negar al Rey, y a Dios. Pero la dura prueba fue superada con éxito: la conciencia política de los venezolanos, estableció como principio legitimador: la patria, es decir la nación. Con lo que además se superaba la dificultad de reemplazar al Rey sin suprimir a Dios. Como dicen las fórmulas de rigor ¡Juro por Dios y por la Patria! ¡Que Dios y la Patria, os le premien o lo castiguen!

La nación; más, como no podía ya ser monárquica, el elenco de fórmulas jurídico políticas quedaba reducido a la república. El orden colonial y la monarquía eran lo existente y lo creíble, había que sustituirlo por la realización de unos conceptos entonces abstractos y, para más de uno, heréticos. Se formula entonces el proyecto de construir una nación civilizada, es decir, liberal y progresista.

UN PROYECTO CREÍBLE

Desde su inicio el proyecto nacional venezolano tuvo, y tiene, los siguientes elementos: una república independiente y poderosa o por lo menos respetada por las naciones poderosas del mundo; por otra parte, legitimar la estructura interna, mediante el establecimiento de un orden socio-político liberal y socio económico progresista.

En 1830 el proyecto nacional se materializa en el primero de sus elementos, pues al separarse de Colombia, Venezuela asume en términos definitivos, hasta ahora, una identidad política independiente. La idea de país que se quería se completaba con la aspiración de tener voluntad y capacidad para aplicar sus leyes, ordenadas liberalmente, pacifica y próspera, en suma, civilizada. Ser civilizada sería la condición necesaria para ser respetada, puesto que se abandonaba la idea de ser poderosa por estar integrada a otra realidad mayor, la República de Colombia. Se trata ahora de ser pequeña pero independiente, una y no parte; en consecuencia un proyecto modesto pero realizable. La crisis económica y la división de las élites civiles pospondrán históricamente la búsqueda de materialización del país imaginario.

A partir de 1870, pero no más acá de la influencia guzmancista y de la hegemonía liberal amarilla tiene lugar el más serio y decidido intento de instrumentación del proyecto nacional durante el siglo XIX. La idea de que el establecimiento de las formas constitucionales, jurídicas y políticas debían presidir la realización de la sociedad deseada, cede lugar a la voluntad firmemente intentada de crear las condiciones propiciatorias del progreso económico.

Con esta inversión del proyecto, la acción política apunta a dos objetivos: la generación de factores dinámicos en el nivel económico y el montaje de un aparato administrativo idóneo en el nivel socio político. La conjunción de ambos debía conducir al fortalecimiento demográfico y social de la clase dominante y su conversión en una burguesía con gran capacidad para la gestión y hegemonía social; apta, además, para promover el desarrollo de una economía articulada activamente al sistema capitalista mundial, y en condiciones no subsidiarias sino complementarias, necesarias para así decirlo.

La imposibilidad, más que todo historia, de generar internamente o de atraer esos agentes dinámicos que estimulasen la base económica permitiendo así la modernización, impedirán la consolidación del Estado en el siglo XIX. Será en el siglo XX, en presencia del petróleo como factor dinámico, que tal fenómeno ocurrirá.

La propuesta democratizad ora no fue del todo ajena a la sociedad venezolana durante el siglo XIX. Pero es en la década de los años 30 de este siglo que se formula una agenda para conquistar la democracia y para el que hacer una vez conquistada la democracia. Esto es lo que se recoge en la llamada agenda de la democracia venezolana.

A la idea de construir una sociedad progresista y liberal, se le agregan ahora contenidos democratizadores, que debían insertarse en el tronco básico del estado, para que la sociedad fuera civilizada y contemporánea, es decir venezolana.

Esto que se anuncia entre 1931 -1936, se intenta diseñar en términos constitucionales y legales entre 1945 -1947, se comienza a practicar en 1948 y naufraga en una época dictatorial, tuvo un inmenso valor programático referencial para las definiciones políticas de todo orden. Es decir, que progreso, orden y democracia se convirtieron en una ideología, un desideratum, el tronco del proyecto nacional venezolano. La dictadura de 1948-1958 llevó a entender la necesidad de que progreso, orden y democracia, el proyecto nacional, debía hacerse nacional, si así puede decirse: consensualmente admitido política y socialmente.

Por aquello y para esto, entre 1958 -1961 se incorporaron propósitos en la esfera de los derechos económico y sociales, de claro corte socialista y/o populista. Las marchas y contramarchas, avances y retrocesos, de unos y otros actores del progreso que se abre a la muerte de Gómez, conducirá en 1958 al establecimiento de varios pactos: uno político expreso, Nueva York y Punto Fijo entre Betancourt, Caldera y Villalba el primero y entre AD, COPEI y URD el segundo, lo cual aseguraba la exclusión de los comunistas y con ellos el desborde por la izquierda y la inclusión de los factores oligárquicos preoctubristas (especialmente el medinismo) y con ello el desborde de la derecha.

El otro pacto político -económico tácito era entre sectores e instituciones (Ejército, iglesia, empresarios-FEDECÁMARAS y trabajadores-CTV). En 1961 se sancionará una Constitución que consagra el reconocimiento del estado a las demandas de todos los sectores involucrados en los pactos.

UNA SOCIEDAD TRANSFORMADORA

El proceso histórico contemporáneo de la sociedad venezolana ha estado signado por el esfuerzo de establecer:

  • La centralidad soberana del estado nacional.
  • El uso eficiente de la renta petrolera, tomando como medida el logro del progreso, modernidad y dinamismo.
  • Y la realización hasta el agotamiento de la agenda de la democracia venezolana.

Se logró así desarrollo, paradojal y contradictorio, cuyos signos más inclusivos son la realización de profundas transformaciones y altas realizaciones por una parte y el surgimiento y pervivencia de profundas crisis crónicas, estructurales y coyunturales, por la otra. Es de temer que tales crisis ocurran más, mucho más en el plano de la conciencia, de la mentalidad, de la denuncia opositora, por lo menos en su carácter de permanentes. Que sea más una crisis en la capacidad de comprender.

Con la presencia del petróleo la vida venezolana se acelera, se trastorna y se transforma. Pero el petróleo es externo, es decir, es la remuneración internacional de un bien natural y no es resultado del esfuerzo productivo interno; es decir una renta, la renta petrolera.

La aplicación de la renta petrolera implantará una dinámica que permitirá el crecimiento económico, el cambio y la movilidad social, el avance político y la superación cultural. Si en este párrafo no hablamos de progreso y modernidad, es porque siempre se podrá argüir que con la renta petrolera Venezuela apenas si ha adquirido las concreciones históricas del capitalismo, sin conocer el desarrollo y la modernidad, en suma de nuevo establecimiento, y además precario, de procesos de modernización.

Pero lo que está fuera de toda duda es que Venezuela dejó de ser una y se convirtió en otra.

  • Se reanuda la implantación territorial hasta lograr un alto grado de integración territorial nacional.
  • Se pasa del ruralismo al urbanismo con el consiguiente establecimiento de una red de ciudades y centros poblados, una democratización del capital territorialmente considerado y un proceso desigual del desarrollo regional.
  • El aldeanismo da paso al cosmopolitismo.
  • Deja de ser una sociedad insalubre y enfenna y pasa a ser sana y curada.
  • Esto trae como consecuencia el paso de la seguridad de una muerte temprana a la expectativa de la vida larga.
  • Deja de ser analfabeta y se hace leída, escrita y escolarizada. El logro adquirido es la profesionalización y la eventualidad, ahora presente, de poder pasar de una cultura letárgica a una cultura dinámica y para la transformación.
  • A la condición de sociedad mestiza se le agrega el carácter de sociedad de inmigración.
  • Deja de ser agraria (o agrarista) y se industrial iza, lo cual está en la base para que Venezuela deje de ser campesina y se convierta en obrera.
  • Se desarrollan y democratizan el comercio y los servicios.
  • La urbanización, la industrialización, el desarrollo comercial y del sector servicios, permiten el surgimiento de una gruesa capa poblacional comúnmente denominadas clases medias.
  • La destrucción del latifundio y el latifundismo será la última realización para lograr la plena capitalización de Venezuela.

Para el establecimiento de una determinación histórica transformada y con plena capacidad y en el pleno proceso de transformación, la sociedad venezolana dejará de ser autocrática y se hará democrática, con un sistema político que institucionalizara el Estado Liberal y social de derecho y un gobierno democrático y representativo.

La fuerza dinámica será la democrática aplicación de la renta petrolera primero y los democráticos procesos de acumulación y movilización social vividas al interior de la sociedad en un segundo momento. En suma, organizacional y civilizatoriamente, Venezuela dejará de ser atrasada y estancada y se transformara en moderna y dinámica.

UN DISCURSO NACIONAL, NEGATIVO Y TRÁGICO

Este impresionante conjunto de logros civilizatorios -obtenidos en breve tiempo (1960 -1990) Y a un bajisimo costo social (poca sangre derramada, pocos muertos) -implicaron la realización hasta el agotamiento de la agenda de la democracia venezolana y la más alta aproximación al proyecto de construir una nación independiente, soberana, civilizada, liberal, prospera y democrática.

Sin embargo, el de la vigencia de la democracia representativa luce como un tiempo perdido de la conciencia de los venezolanos. Dos conjuntos de procesos permiten explicar la histórica paradoja: las perversiones perceptibles en el proceso de realización de la agenda de la democracia y el restablecimiento de la preeminencia del discurso nacional negativo y trágico.

Del primer conjunto nos permitimos citar solo dos cuestiones: el partidismo, el clientelismo y la apropiación indebida de recursos públicos y la reticencia y negación del sistema político democrático a superar las perversiones anidadas en su seno y a reformarles desde una perspectiva contemporánea la agenda de la democracia, para seguir avanzando por la senda de la superación.

Un conjunto de situaciones como estas brevemente citadas permitieron el restablecimiento de la preminencia de un discurso y un estado de conciencia según el cual Venezuela es una nación estancada, atrasada, sin capacidad para superarse y que vive bajo el signo de la frustración, siendo, como hemos mostrado, una detenninación histórica transfonnada y con plena capacidad para seguir transformándose.

Las luchas sociales y políticas de la Venezuela de hoy constituyen un serio y dramático esfuerzo por restablecer el curso de la larga marcha de los venezolanos por una nación independiente, soberana, civilizada (liberal y progresista), democrática y asistencialista, en suma moderna y venezolana. Un decidido reencuentro con el Proyecto Nacional Venezolano.

Orlando González Aponte. Historiador. Profesor de Historia Contemporánea de Venezuela de la U.C. Miembro Correspondiente de la Academia de Historia del Estado Carabobo.

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